La ópera prima de la cineasta mexicana Fernanda Tovar llega al Festival de San Sebastián tras su paso por la Berlinale. ‘Chicas Tristes’ es una coproducción entre México, Francia y España que nació de una historia personal y tardó ocho años en materializarse.

Tovar no esconde que el origen es íntimo. «Es un tema que nos preocupa y nos concierne a todas las mujeres y a todos los hombres, uno que a veces es difícil de conversar», ha explicado la directora. Para ella, el cine puede ser exactamente eso: la chispa que abre una conversación que de otro modo no se tiene.
El camino hasta llegar a rodar fue largo. Ocho años de escritura, desarrollo, foros de coproducción, talleres y laboratorios de guion. La financiación inicial llegó del Fondo Mexicano, y después se sumaron los apoyos de Francia y España. Un proceso lento que contrasta con lo que vino después: menos de un año tras el rodaje, la película ya se estrenaba en la Berlinale.
La directora señala como pieza clave a Colmena, el colectivo que fundó como productora en Ciudad de México. «Ahí fue donde se gestó la película, donde surgieron las grandes ideas, donde se habló del guion y donde se rebotó todo lo que estábamos haciendo», ha contado. Los coproductores, según Tovar, no solo aportaron dinero: también acompañamiento creativo durante todo el proceso.
El trabajo con los actores se construyó desde un lugar muy concreto. Semanas de preparación con Michelle y Paulina, directoras de casting y coaches actorales, en lo que Tovar describe como un laboratorio. Ejercicios de teatro, improvisaciones que no replicaban las escenas del guion sino que las rodeaban. El objetivo era claro: fortalecer las relaciones entre los personajes antes de llegar al set. «Nuestro foco y nuestra apuesta fue siempre ese: fortalecer las relaciones entre los personajes, sus pasados comunes, lo que les hacía sentir la presencia del otro», ha detallado.
San Sebastián no es territorio nuevo para ‘Chicas Tristes’. El año anterior, Tovar presentó la película en el Work in Progress Latam del festival. Aquella experiencia la marcó. «Me impresionó mucho el festival: las salas llenas, lo involucrado y crítico que es el público, los aplausos antes de que empiecen las películas», ha recordado. Volver con la película terminada era, para ella, una cuestión casi emocional. «Creo que es importante regresar a los sitios donde uno se sintió acogido y que fueron importantes para la película.»
Sobre el estado del cine latinoamericano, Tovar se muestra optimista con matices. Reconoce una diversidad creciente, con películas de Costa Rica, Brasil, Argentina, Chile y Colombia ganando visibilidad. Pero no idealiza la situación: los recursos siguen siendo escasos y quienes acceden a hacer cine suelen partir de una posición de privilegio. Su deseo es directo: que los gobiernos latinoamericanos entiendan la importancia del patrimonio cultural en pantalla y que el público internacional consuma ese cine «reconociendo la belleza de la vida que existe en este lado del mundo», no desde narrativas que obvian la dignidad.
Uno de los aprendizajes que Tovar se lleva de su primera película tiene que ver con algo que el cine repite mucho de palabra pero practica poco de verdad: lo colectivo. «Se habla mucho de la figura del autor, y la verdad es que la presencia de todo un equipo detrás que está imaginando, creando y conversando es de las cosas que más fortalecen una película.» Ocho años para llegar hasta aquí. Y lo que más le sorprende es cuánto creció ‘Chicas Tristes’ gracias a todas las manos que la tocaron.



