Sitges arranca con Nicolas Cage, Charlie Day y la irregularidad de siempre

El festival de cine fantástico de Cataluña ha abierto sus puertas entre alertas de lluvia, problemas con los trenes y una programación que, como cada año, reparte alegrías y decepciones a partes iguales.

El primer día dejó como plato único ‘The Carpenter’s Son’, la nueva de Nicolas Cage. Dirigida por Lotfy Nathan, la película coge el nacimiento y la adolescencia de Jesús para contarlos desde el punto de vista de San José, el padre que tuvo que hacerse cargo de un hijo que no era suyo por la gracia de Dios. El planteamiento recuerda a ‘El regreso de Ulises’ de Uberto Passolini, que adaptaba solo la parte final de ‘La Odisea’. En lo formal, intenta acercar la pubertad de Cristo a Superman, con ecos de la ‘Spider-Man’ de Sam Raimi. Suena bien sobre el papel. Sobre la pantalla, no funciona.

Noah Jupe interpreta a un Jesús emocionalmente estéril que no transmite nada de lo que se propone. La solemnidad constante, reforzada por una fotografía oscura y grisácea, acaba convirtiendo todo en una versión pretenciosa de la adolescencia de Cristo que roza la parodia. La película no sabe contar con imágenes, así que obliga a sus personajes a verbalizar todo, incluyendo cosas que ni siquiera han ocurrido en pantalla. Hay un par de escenas sugerentes, pequeños destellos, pero ni siquiera un entregado Cage es capaz de salvar el conjunto. Jugar a la ruleta rusa con su filmografía, esta vez, no ha salido bien.

El segundo día empezó mejor. ‘Kill Me’, debut en la dirección de Peter Warren, pone a Charlie Day en el centro de una premisa estupenda: Jimmy se despierta tras lo que todo el mundo asume que fue un intento de suicidio, pero él está convencido de que alguien intentó matarlo. A partir de ahí, contra la opinión de toda su familia, se lanza a investigar el caso. Mezcla de whodunnit y comedia negra, un terreno donde Day se mueve como pez en el agua.

Warren juega con los tropos del thriller de investigación a través de la parodia sin dejar de pertenecer al género. El protagonista pasa el rato en el hospital viendo un programa ficticio tipo CSI y aplica sus métodos inverosímiles a su propia pesquisa, explotando la faceta de chiflado de un Day genial. Lo interesante es que, debajo de la comedia, hay un discurso sobre salud mental retorcido pero honesto, que capta cómo se siente estar en el lado del afectado. La cosa se tuerce cuando entra el factor romántico y el amor prácticamente «cura» al protagonista, banalizando lo construido y arrastrando el tercer acto hacia el melodrama. Por suerte, el cierre regresa a la comedia negra y la hace repuntar.

La tercera película fue ‘Leviticus’, de Adrian Chiarella. Producción australiana que funciona como el eco gay de ‘It Follows’, caminando por la línea que separa el plagio de la inspiración. El propio director no esconde la referencia. Aquí lo que persigue a los protagonistas no es una ETS, sino el estigma de ser homosexual en un pueblo de la Australia profunda. El arranque es potente, presenta bien la idea central y perfila a sus dos personajes, pero después no hay mucho más. La premisa no da para hora y media.

Dos días de Sitges y el patrón ya está claro. Ideas prometedoras que no siempre encuentran la película que merecen, alguna sorpresa agradable y la confirmación de que el festival sigue siendo ese lugar donde lo mejor y lo peor del fantástico conviven en la misma sala, separados a veces por apenas unas horas.

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