‘Eixam’ es el debut en el largometraje de ficción del cineasta Óscar Bernàcer. Un thriller rural que planta a un grupo de personas al margen de la sociedad en una aldea aislada y autosuficiente llamada Malpàs, donde las reglas de convivencia acaban revelando algo mucho más oscuro que el aislamiento.

La premisa engancha desde lo conceptual. Lluc, interpretado por Pablo Molinero, llega a la comunidad buscando empezar de cero. Se integra poco a poco en un sistema basado en el trabajo colectivo y unas normas estrictas. Todo parece funcionar. Hasta que no.
Lo interesante de ‘Eixam’ es cómo administra ese viraje. Bernàcer construye desde una calma deliberada, deja que el espectador se instale en Malpàs y llegue incluso a creer que ese lugar podría ser un refugio real. Primero quieres quedarte. Después quieres salir.
El guion no tiene prisa por explicar quiénes son realmente sus personajes ni qué esconden. Hay piezas del rompecabezas que el espectador debe completar por su cuenta, y esa incertidumbre mantiene viva la sensación de que siempre hay algo que no conocemos. Cuando la película empieza a jugar con las expectativas, aflora una de sus ideas más incómodas: la violencia no siempre aparece como una anomalía. A veces es exactamente lo que mantiene unida a una comunidad.
Pablo Molinero funciona como punto de entrada del espectador a ese ecosistema cerrado. Cristina Fernández Pintado da vida a Alba, la auténtica abeja reina: quien incorpora nuevos miembros, establece las reglas y decide quién puede quedarse. La paradoja está servida. Quien protege la comunidad es también quien concentra el poder sobre la vida de quienes la forman. Pablo Derqui, como Dos, destaca especialmente cuando la calma se rompe y toda la violencia contenida sale a la superficie. El reparto coral cumple una función delicada: dar forma a personajes de los que sabemos poco sin que esa falta de información se convierta en vacío.
El cine de género como vehículo para hablar de cuestiones sociales más amplias. Eso es lo que propone Bernàcer con su primera película, y en buena parte lo consigue. La atmósfera, el uso del paisaje y una dirección que sabe cuándo apretar y cuándo soltar son sus mejores armas. Pero no todo alcanza la misma intensidad. Algunos personajes quedan más esbozados que desarrollados, y el guion no siempre encuentra el equilibrio justo entre el misterio y la explicación.
El conjunto, sin embargo, funciona. Y lo hace porque ‘Eixam’ no cae en la trampa fácil de decirnos que toda comunidad está condenada al fracaso ni que estamos mejor solos. Lo que cuestiona no es la necesidad humana de pertenecer, sino el precio que estamos dispuestos a pagar por hacerlo. En tiempos de desconfianza y búsqueda constante de seguridad, esa pregunta pesa. Quizá el verdadero peligro no sea descubrir que el hombre es un lobo para el hombre, sino comprobar que a veces entramos voluntariamente en la jaula si alguien nos promete que dentro estaremos a salvo.



