La arena de la playa de La Concha amaneció con la cara de Federico García Lorca dibujada a escala gigante, coincidiendo con la presentación de ‘La bola negra’ en el Festival de San Sebastián.

El artista peruano Germán Cedano es el responsable de la intervención. Su herramienta: un rastrillo, palos de madera y un cálculo de perspectivas milimétrico. Nada más. El retrato se ejecutó sobre la franja de arena húmeda que deja la bajamar y, entrada la medianoche, la subida de la marea lo borró por completo. Arte efímero en estado puro.
Lo fascinante está en la técnica. El rostro no se diseña para verse a pie de playa, sino desde las alturas del paseo marítimo. Eso exige controlar la llamada perspectiva anamórfica: desde abajo, las proporciones parecen deformadas; desde arriba, encajan con una precisión que corta el aliento. Al rastrillar la superficie, la arena húmeda cambia de tonalidad con la luz del sol y genera los claros, las sombras y las facciones inconfundibles de la mirada de Lorca.
El contexto lo eleva todo. ‘La bola negra’, la película de Los Javis, tiró la casa por la ventana con su alfombra roja en San Sebastián. La industria audiovisual española vive con expectación las posibilidades del largometraje de cara a los Oscar, donde podría optar a las estatuillas de Mejor película internacional y de Mejor película. Un doblete que sería histórico para el cine español.
Y en medio de esa efervescencia, la cara del poeta fusilado en la madrugada del 18 de agosto de 1936 cerca de Granada aparece dibujada en la arena de una playa vasca. Hay algo ahí que trasciende la promoción. García Lorca, uno de los mayores exponentes de la Generación del 27, sigue siendo una figura cuya obra y vida resuenan con fuerza en la cultura popular. Que su rostro se materializase para desaparecer horas después con la marea tiene una carga simbólica difícil de ignorar.
El proceso de Cedano requiere horas de ejecución continua, una carrera contra el reloj antes de que el Cantábrico reclame lo suyo. El resultado, según quienes pudieron verlo desde el paseo, fue deslumbrante. Una galería de arte viva donde el mar pone el punto final.
Lorca dibujado en arena, borrado por el agua. Como un poema que alguien escribe sabiendo que no quedará registro. Esa fragilidad es justo lo que lo hace memorable.



