‘El verdugo’ no es solo una película. Es un acto de resistencia disfrazado de comedia negra, un torpedo contra la pena de muerte que atravesó la censura franquista sin que los censores supieran bien qué les había pasado. Más de seis décadas después, sigue siendo una de las mejores películas jamás rodadas en España.

Luis García Berlanga firmó en 1963 lo que muchos consideran la cumbre de su cine. Y de todo el cine español. La historia es sencilla en apariencia: José Luis, un joven empleado de funeraria interpretado por Nino Manfredi, acaba heredando el oficio de verdugo de su suegro. El motivo no es vocacional, ni ideológico, ni sádico. Es un piso. Un maldito piso. Para conseguir la vivienda, tiene que aceptar el cargo. Se promete a sí mismo que nunca ejecutará a nadie. Hasta que un día dictan sentencia de muerte.
Ahí está el genio de Berlanga y de Rafael Azcona, su guionista de cabecera y coautor del libreto. La crítica a la pena de muerte por garrote vil era brutal, directa, sin concesiones. Pero la envolvieron en otra capa igual de corrosiva: para vivir en aquella España negra, había que saber matar. Esa doble lectura convirtió la película en un artefacto que los censores no supieron desactivar. Vieron una comedia. Era una bomba.
El crítico Alejandro G. Calvo la sitúa en el número 4 de las mejores películas españolas en el ranking de SensaCine y la describe como «la más divertida, pero también la más dura y terrible» de todas las colaboraciones entre Berlanga y Azcona. También señala algo que a menudo se pasa por alto: en términos de puesta en escena, ‘El verdugo’ es «la película más audaz e inteligente de su cineasta». No solo funciona como sátira. Funciona como cine, con mayúsculas.
Berlanga construyó una carrera irrepetible desde 1950 hasta 1999. Ahí están ‘Bienvenido, Mister Marshall’, ‘Plácido’, la trilogía nacional que arrancó con ‘La escopeta nacional’, ‘La vaquilla’, ‘Todos a la cárcel’. Títulos enormes que definieron una forma de mirar este país con humor ácido y con verdad. Pero ‘El verdugo’ es otra cosa. Es la película donde todo encajó: el guion perfecto, la dirección invisible que lo controla todo, el retrato de una sociedad entera condensado en la historia de un hombre que no quiere hacer lo que va a acabar haciendo.
Lo que hace grande a esta película no es solo lo que cuenta, sino cómo te obliga a reírte de algo espantoso. Te ríes con José Luis. Te ríes de su cobardía, de su torpeza, de cómo el sistema lo engulle sin que él oponga resistencia real. Y cuando dejas de reírte, te das cuenta de que la película te ha puesto un espejo delante. Ese hombre que acepta lo inaceptable a cambio de un techo no era un personaje aislado. Era un país entero.
Berlanga falleció en 2010 a los 89 años. Su cine sigue vivo, incómodo, necesario. Pero si hay que elegir una sola película para entender qué fue capaz de hacer, es esta. ‘El verdugo’ no ha envejecido ni un solo fotograma. Quizá porque la cobardía disfrazada de pragmatismo nunca pasa de moda.
