La última película de Hirokazu Koreeda llega envuelta en ciencia ficción, pero su corazón late en un registro que el director japonés conoce de memoria: el duelo familiar y las relaciones que nos sostienen cuando todo se rompe. El problema es que esta vez ese terreno tan suyo se convierte en una trampa.

‘Kakeru’, también conocida como ‘Sheep in the Box’, parte de una premisa que duele. Una familia pierde a un hijo y tiene la posibilidad de sustituirlo por una máquina que reproduce su aspecto y buena parte de su comportamiento. Un futuro cercano, luminoso, más amable que el de Spielberg en ‘A.I. Inteligencia Artificial’. Pero igual de atravesado por la misma pregunta: ¿puede una réplica llenar el hueco de alguien que ya no está?
El punto de partida es potente. Lo suficiente como para abrir caminos en varias direcciones. Qué significa que una máquina se comporte como un niño. En qué momento dejamos de verla como un objeto y empezamos a reconocerla como persona. Hasta dónde llega nuestra necesidad de creer que hay algo detrás de sus respuestas. Koreeda parece interesado en estas cuestiones, pero no se detiene a desarrollarlas. Las usa como trampolín para volver una y otra vez al mismo sitio: la culpa, el duelo, la incapacidad de aceptar una ausencia.
Y ahí es donde la película se queda corta. La ciencia ficción funciona aquí como decorado, no como estructura. Todo lo que plantea su premisa —las implicaciones éticas, las preguntas sociales de convivir con réplicas artificiales de personas muertas— queda subordinado al conflicto íntimo de los protagonistas. Un drama familiar que podría haberse contado prácticamente igual sin necesidad de ambientarlo en el futuro.
La comparación con ‘A.I. Inteligencia Artificial’ resulta inevitable. Spielberg llevaba una idea similar a dimensiones casi míticas, convirtiendo la necesidad de ser amado en el motor de algo enorme. Koreeda prefiere quedarse cerca de sus personajes, observar los pequeños gestos, encontrar en lo cotidiano la expresión de sentimientos que no se verbalizan. Es lo que mejor hace. Pero esta vez esa mirada humanista juega en su contra, porque la película tiene dificultades para encontrar una identidad propia más allá de lo que ya conocemos de su cine.
El ritmo tampoco ayuda. Dos horas de duración con una calma que en otras obras de Koreeda sumaba belleza y emoción, pero que aquí se traduce en distancia. Hay conversaciones que prometen aportar matices a los personajes y no terminan de hacerlo. Conflictos que abren puertas y las cierran antes de cruzarlas.
Lo paradójico es que hay algo interesante en la propia frialdad de la película. La idea de convivir con una réplica artificial de alguien a quien hemos perdido tiene una dimensión inquietante que no depende solo de si esa réplica puede desarrollar conciencia. Tiene que ver con nuestra disposición a aceptar una mentira cuando la alternativa es enfrentarnos a algo insoportable. Eso ya está ocurriendo con la inteligencia artificial a nivel conversacional, con recreaciones en imagen y vídeo. El material estaba ahí. Koreeda decidió no tirar del hilo.
‘Kakeru’ es una obra menor de un director mayor. No es mala. Conserva parte de su sensibilidad y encuentra momentos donde su interés por las relaciones humanas sigue funcionando. Pero deja la sensación de haber rozado algo grande sin atreverse a agarrarlo. Un Koreeda que se repite cuando el punto de partida le pedía exactamente lo contrario.



