El segundo largometraje de Javier Calvo y Javier Ambrossi llega envuelto en una campaña descomunal y unas expectativas que juegan en su contra. ‘La bola negra’ tiene aciertos notables, pero también un problema de estructura que le impide calar como debería.

Hay algo que ocurre cuando una película se convierte en acontecimiento antes de proyectarse. Las frases hechas la preceden. «La mejor obra del cine español», se ha repetido como un mantra. Y cuando entras en la sala cargando con todo eso, la película ya no compite solo contra sí misma. Compite contra una versión idealizada que nadie ha visto pero todos han comprado.
‘La bola negra’ se estructura en tres líneas temporales. 1932, 1937 y 2017. Tres personajes homosexuales en épocas distintas, unidos por la presencia de Federico García Lorca y su obra inacabada. El guion parte del material de Alberto Conejero, autor de ‘La piedra oscura’, que también firma como guionista. Y ahí es donde la película funciona mejor. Con diferencia.
El tramo de 1932 es el más sólido. Guitarricadelafuente y Miguel Bernabéu ofrecen una lección de interpretación en un escenario que retrata la represión sexual con imágenes que evocan el ‘Beau Travail’ de Claire Denis. Hay un despliegue de estilo y técnica difícil de creer en dos directores tan jóvenes. En 1937, Milo Quifes entrega una interpretación madura y una de las mejores escenas en plano secuencia de la película. En 2017, Carlos González recibe la herencia de su abuelo, con Yenesi aportando el mayor peso cómico gracias a un desparpajo natural que se agradece.
El problema es que ninguno de esos personajes tiene espacio suficiente para quedarse dentro del espectador. Los saltos entre épocas generan una descompensación que le resta aire al conjunto. En ‘Las horas’ de Stephen Daldry, esa estructura coral funcionaba como un organismo vivo. Aquí se siente como un puzle que se resiste a encajar.
Y luego están los cameos. Glenn Close, Penélope Cruz y otras caras conocidas aparecen como piezas lanzadas al aire. Sacan de la historia, sobre todo en la línea del presente. Cruz, una actriz a la que no hay que explicar, no alcanza aquí la espectacularidad que la película parece buscar para ella. No es un problema de talento. Es un problema de espacio y de cálculo.
Hay una escena en la nieve, acompañada de una banda sonora perfecta, donde Lorca se siente sin necesidad de verlo. Esa es la película que podría haber sido. Un homenaje a través de la esencia, no de la explicitud. Si Los Javis se hubieran ceñido al material de Conejero, que ya es en sí mismo un homenaje hermoso, quizá habríamos encontrado eso que tanta campaña prometía.
El tráiler, creado exclusivamente por Los Javis, es precioso. Pero muestra demasiado e insinúa muy poco. Y eso resume bien el dilema de ‘La bola negra’: una obra necesaria, con momentos brillantes y un talento detrás que nadie discute, pero lastrada por querer contarlo todo en un espacio que pedía menos ambición y más silencio. A veces lo más difícil no es mostrar lo que sabes hacer. Es decidir qué te guardas.



