El documental de Rubén Seca reconstruye la historia de su propia familia durante la Guerra Civil Española. Un trabajo de campo minucioso, filmado con pocos recursos y una sensibilidad que se nota en cada plano.

Hay películas que piden ser contadas desde dentro. ‘Los cangrejos’ no podría existir sin Rubén Seca como narrador, como cineasta y como uno más de los protagonistas. Esa triple condición es lo que la sostiene. Y también lo que, en algún momento, la limita.
El punto de partida es una historia familiar que comparte raíz con la de cientos de otras familias españolas. Seca lo sabe y lo puntualiza. No reclama excepcionalidad para su relato. Lo que hace es tratarlo con el cariño de lo íntimo y el rigor de lo que no se puede contar a medias. El resultado es un documental que avanza despacio, con la paciencia de quien necesita no dejarse nada por el camino.
El trabajo de campo es notable. Fotografías antiguas, espacios reales, localizaciones que anclan la historia al lugar donde ocurrió. Todo está tocado con las manos, no reconstruido digitalmente ni inflado con recursos que no hacen falta. Es cine hecho con lo necesario. Ni más ni menos.
La huella de José Luis Guerín, con quien Seca ha trabajado como operador de cámara, está por todas partes. En los encuadres. En el diseño sonoro. En esa manera de mirar un paisaje y convertirlo en narración. Los colores tienen una sobriedad que no pide permiso, y los paisajes sonoros construyen atmósferas que a veces dicen más que las palabras. La voz en off, eso sí, obliga a rebajar esos paisajes auditivos. Una lástima, porque el oído de Seca para los entornos es de lo mejor que ofrece la película.
Y luego está la guitarra del padre. Cada intervención suena a algo que no necesita explicación. Un músico al que habría que aplaudir tras cada nota, como mínimo. Esa guitarra solitaria funciona como un personaje más, quizá el más elocuente de todos.
Ahí es donde aparece el pero. La voz en off de Seca vertebra todo el metraje, y lo hace bien. Pero hay familiares que aparecen en pantalla y nunca hablan. Transitan la película mudos, sin prestar testimonio, incluso cuando formaron parte directa de la historia. Es una decisión difícil de entender. Más aún cuando, en los últimos minutos, otras voces de la familia irrumpen por primera vez y uno se da cuenta de que las ha echado de menos durante toda la proyección. La guitarra del padre habla por sí sola. El resto, sin instrumento, se queda en silencio.
Ese desequilibrio no hunde la película, pero sí la marca. Porque ‘Los cangrejos’ es, ante todo, un acto de conservación. La familia y su historia quedan ahora filmadas, transmitidas, puestas a salvo del olvido. Eso tiene un valor que va más allá de lo cinematográfico. Pero uno no puede evitar preguntarse cómo habría sonado el documental con más voces dentro.
Lo que queda después de verla es la certeza de que Rubén Seca se toma el cine en serio. No como producto, no como contenido, sino como algo que merece el mismo respeto que se le da a una historia familiar contada alrededor de una mesa. ‘Los cangrejos’ es cine cercano, hecho desde la necesidad de contar y no desde el cálculo. Y eso, hoy, vale mucho.



