La ópera prima de Cole Webley llega a Filmin el 16 de octubre tras un largo recorrido por festivales que arrancó en Sundance 2025. Una película de 83 minutos que funciona mejor cuando confía en sus actores que cuando recurre a la banda sonora para decirte qué sentir.

Hay algo que lastra buena parte del cine independiente estadounidense reciente. La desconfianza. La incapacidad de dejar que una imagen hable sola. La música de Christopher Bear en ‘Omaha’ es el ejemplo perfecto: omnipresente, invasiva, empeñada en subrayar cada pico emocional como si el espectador no fuera capaz de llegar ahí por su cuenta. Sin ella, esta película sería mejor. Bastante mejor.
Dicho esto, lo que hay debajo de esa capa de barniz sonoro merece la pena. John Magaro interpreta a un viudo que despierta a sus dos hijos —Ella, de nueve años, y Charlie, de seis— porque están a punto de ser desalojados. Los tres se suben a un coche destartalado junto a Rex, el Golden Retriever de la familia, y emprenden un viaje largo hasta Nebraska. No hace falta contar más.
Lo que importa está en los ojos de Ella. Molly Belle Wright es un hallazgo. Una niña de sensibilidad extrema, sobreadaptada para su edad, que carga con una responsabilidad que no le corresponde. A través de su mirada se percibe todo lo que el padre intenta esconder: la involución, la angustia, la incapacidad de encontrar soluciones. Wyatt Solis, como el pequeño Charlie, completa un dúo infantil que sostiene la película con una naturalidad que ya quisieran muchos intérpretes adultos.
Webley viene del mundo de los cortos, los videoclips y la publicidad. Se nota en lo bueno y en lo malo. Rueda con solvencia, sabe encuadrar, maneja los tiempos. Pero también cae en tics que delatan esa procedencia: tomas con dron para mostrar la inmensidad de carreteras desérticas que no aportan nada que no sepamos ya, ciertos lugares comunes estilísticos del indie pensado para arrasar en Sundance. El guion de Robert Machoian, responsable de ‘The Killing of Two Lovers’, tiene limitaciones evidentes. Recicla clichés del género sin disimulo.
Y sin embargo. Hay algo en el corazón de ‘Omaha’ que trasciende esas costuras visibles. La relación entre ese padre vencido y sus dos hijos tiene momentos que golpean de verdad. No muchos, pero los suficientes. Cuando la película se olvida de la partitura y del paisajismo aéreo y se queda con los tres en el coche, o en una gasolinera, o mirándose sin saber qué decir, aparece una verdad emocional que no necesita muletas.
Tras su paso por la sección Nuevas Autoras / Nuevos Autores de Mar del Plata y la competencia Oficial Albar de Gijón, ‘Omaha’ aterriza en Filmin con varios premios en festivales a sus espaldas. Su recorrido internacional habla de una película que conecta. Que funciona. Que tiene algo dentro.
Ochenta y tres minutos. Ni uno más. Webley tiene el buen criterio de no estirar lo que no da para más. ‘Omaha’ es una experiencia satisfactoria con irrupciones genuinamente conmovedoras, una ópera prima que demuestra oficio y sensibilidad a partes iguales, pero que habría ganado enteros con la mitad de música y el doble de silencios.



