‘La mala madre’ llega a Sitges con una pesadilla maternal que avanza despacio

La ópera prima de Alicia Albares se estrena en la 59ª edición del Festival de Cine Fantástico de Sitges con una historia de reclusión, maternidad no deseada y una estructura temporal que exige paciencia.

‘La mala madre’ arranca con un fogonazo de violencia. Victoria, una mujer de unos treinta años, contempla en una zona ajardinada un disparo y dos víctimas. Después, silencio. Y una casa-palacio que funciona como cárcel disfrazada de refugio.

Dentro, Victoria permanece retenida contra su voluntad. Desmemoriada. Aturdida. A su lado, un hombre que se presenta como médico y una mujer mayor que oscila entre el cariño y la dureza. Son madre e hijo. Esa dualidad marca el tono de toda la película: nada es solo una cosa.

El relato juega con dos líneas temporales. Presente y pasado cercano. Lo que parece el principio resulta ser posterior: Victoria había llegado al lugar buscando a su amiga Marina, de la que llevaba días sin saber nada. Ese desorden cronológico obliga al espectador a reconstruir la historia a la vez que la protagonista reconstruye su propia memoria.

Y ahí está el problema de ritmo. Albares elige una progresión deliberadamente lenta, con pequeños cambios que gotean durante dos tercios del metraje. La intención es clara: que quien mira sienta la misma desorientación que Victoria. Pero el recurso tiene un coste. La película se demora demasiado antes de soltar las piezas que realmente importan. Solo en el tramo final los avances se aceleran y el puzzle encaja.

Los temas de fondo —maternidad no deseada, amores no correspondidos— conectan a Victoria con Marina, cuyo papel crece en la recta final hasta convertirse en el eje dramático de todo. Albares renuncia a cualquier referencia geográfica o implicación política. Todo se reduce a lo personal. A lo íntimo. A las decisiones que se toman sobre el cuerpo y la vida de otra persona.

En lo formal, la directora maneja con corrección los recursos del género. Planos fugaces para los recuerdos, travellings circulares que encierran a Victoria en su propia cabeza, penumbras y contraluces que construyen una atmósfera de encierro constante. Nada que no se haya visto antes, pero ejecutado con oficio.

El elenco responde. Thais Blume carga con el peso de Victoria y lo sostiene. Alex Gadea aporta la ambigüedad necesaria al supuesto médico. Rosana Pastor, Miranda Cordero y María Alegre completan un reparto que cumple con eficacia en cada registro.

‘La mala madre’ es una ópera prima que sabe lo que quiere contar y elige con criterio sus herramientas. Su mayor virtud es también su mayor lastre: esa apuesta por la lentitud como vehículo emocional funciona en la atmósfera, pero resiente la tensión narrativa. Cuando la película por fin decide moverse, ya ha pedido demasiada fe ciega. Lo que queda es una pesadilla sobre la maternidad que tiene forma, tiene tono y tiene un tercer acto que justifica buena parte del camino. Pero el camino se hace largo.

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