‘Pepita, la pistolera’: Lopilato muta de víctima a verdugo en el thriller de Puenzo

Lucía Puenzo dirige un thriller dramático que ficcionaliza parte de la historia de Margarita Di Tullio para retratar el mundo del trabajo sexual en la Argentina de los ochenta, los femicidios y un patriarcado que asfixia hasta a quienes intentan escapar de él.

Lo primero que hay que decir es que esta no es la película que el tráiler vende. Quien espere un estallido al estilo Tarantino se va a encontrar con otra cosa. Puenzo apuesta por la densidad dramática, por el plano que se queda, por la tensión que crece sin necesidad de disparos cada cinco minutos. Recoge fórmulas del cine de género norteamericano, sí, pero las pone al servicio de un relato que busca incomodar más que entretener.

Luisana Lopilato deja la comedia en otro planeta. Su Pepita —Margarita en la ficción— funciona porque la cámara confía en ella y, sobre todo, en su mirada. Ahí está todo: el miedo, la rabia, la ambición, la culpa. De mujer vulnerada a madama. De sometida a jefa. De víctima a victimaria. Esa evolución es lo mejor que tiene la película y Lopilato la sostiene sin red.

El personaje plantea un debate que el film no esquiva. Pepita se convierte en aquello que quiso combatir. Actúa como salvadora feminista y al mismo tiempo replica las prácticas del sistema que la aplastó. No hay heroína limpia aquí, solo una mujer cuya brújula apunta siempre al mismo norte: sobrevivir. Charo López lo verbaliza con claridad desde su personaje, poniendo palabras a lo que la mirada de Lopilato ya había contado.

La ambientación merece párrafo aparte. La Mar del Plata de los ochenta que construye la película no tiene nada que ver con postales turísticas. Suburbios, calles oscuras, interiores que oprimen. El diseño de producción y la recreación de época son de lo más cuidado del film, y consiguen que el espectador sienta el encierro y la amenaza constante de un asesino que acecha a las trabajadoras sexuales.

Donde la película flaquea es en el guion. El libreto no termina de explotar. Hay un elenco potente —Camila Peralta, Marcelo Subiotto, Alberto Ajaka, María Riot— que a ratos parece pedir más páginas, más escenas, más espacio para respirar. La historia tiene el material, tiene las actrices y los actores, tiene la dirección. Pero el texto se queda un escalón por debajo de lo que el resto del engranaje ofrecía.

Aun así, ‘Pepita, la pistolera’ tiene algo que no se fabrica con facilidad: una mirada. Feminista, no abolicionista, incómoda con sus propias contradicciones. Y un personaje que se debate entre la vida y la muerte, entre la moral y el poder, sin que el film le conceda la comodidad de elegir solo un bando. Eso, en el cine argentino de 2026, ya es bastante.

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