La ópera prima de Marion Le Corroller conecta con la tradición del body horror para hablar de algo muy de ahora: el ser humano reducido a su rendimiento profesional. Un debut que apunta bien, aunque no siempre acierta.

Decir Cronenberg ante una película como ‘Sanguine’ es casi un acto reflejo. La referencia está ahí, inevitable. Pero lo interesante es hacia qué Cronenberg mira realmente Le Corroller. No hacia el padre y sus advertencias futuristas. Hacia el hijo, Brandon, y su manera de clavar el bisturí en el presente. Aquí no hay profecía. Hay diagnóstico.
El concepto que vertebra todo es lo que la crítica ha bautizado como «Homo productivus». Una especie humana nueva, vaciada de vínculos, orientada exclusivamente al éxito laboral. Cada escena empuja en esa dirección. Cada personaje respira esa lógica. El subtexto no se esconde: se planta delante del espectador y le sostiene la mirada.
Y ahí está el problema. Lo que gana en frontalidad lo pierde en matiz. El discurso queda tan subrayado que deja poco espacio para que el espectador trabaje por su cuenta. No hay misterio ni capas que descubrir en un segundo visionado. Todo está dicho desde el primer acto.
Visualmente, la película se mueve entre la frialdad clínica de sus espacios y una iluminación más atmosférica que busca contraste con el gore. Funciona a ratos. Pero es difícil no pensar en lo que alguien como Gaspar Noé habría hecho con ese mismo material. La sombra más alargada, sin embargo, es la de Julia Ducournau y su ‘Crudo’. Le Corroller bebe de ella abiertamente, aunque no alcanza ni su potencia visual ni su capacidad para incomodar desde lo formal.
Como pieza de género, ‘Sanguine’ entretiene. Es ágil, está bien narrada y no se pierde en rodeos. Los defectos propios de un debut están ahí —cierta irregularidad en el tono, decisiones estéticas que no terminan de cuajar—, pero no hunden el conjunto. Como denuncia social del mundo laboral, en cambio, se queda corta. Le falta la profundidad que exige un tema tan grande.
Queda entonces una película honesta en su planteamiento. No engaña. No promete lo que no puede dar. Dice lo que quiere decir y lo dice alto. Quizá demasiado alto como para que resuene después del fundido a negro. Pero en ese gesto hay algo que merece atención: una directora que prefiere la claridad al artificio, aunque eso le cueste elegancia. Habrá que ver hacia dónde lleva Le Corroller esa determinación en su siguiente trabajo.



