El Festival de Sitges ha celebrado el medio siglo de la obra maestra de Chicho Ibáñez Serrador con la proyección de una versión restaurada en 4K y el estreno del documental ‘El último recreo’, dirigido por Ángel Sala y Jesús Loniego.

Hay algo de justicia poética en que sea Sitges quien acoja este homenaje. En la película, el ficticio pueblo costero de Benavís era, en realidad, la propia localidad catalana. Ahí están la iglesia, la calle de Fonollar, el ‘ball de diables’. El escenario del horror vuelve a ser el escenario de la celebración.
«’¿Quién puede matar a un niño?’ es una de las mejores películas del cine español. No solo del fantástico, ¿eh? De toda la historia del cine español». Lo dice Ángel Sala, director artístico del Sitges Film Festival, sin titubear. Y cuesta llevarle la contraria.
‘El último recreo’ repasa la historia del filme, visita los lugares de rodaje y recupera a algunos de los niños que participaron en él hace medio siglo. Cineastas como Edgar Wright, Eli Roth y Michelle Garza Cervera la citan entre sus favoritas. A la sesión especial asistieron Alejandro Ibáñez, hijo de Chicho, y Marian Salgado, que interpretó a la niña que mata a un anciano a bastonazos. «Chicho me decía que al golpear al anciano tenía que sonreír todo el rato, poner cara de alegría», recuerda.
Gran parte de la película se rodó en Ciruelos, un pueblo de Toledo que el director de fotografía José Luis Alcaine y el decorador Ramiro Gómez consiguieron hacer pasar por un enclave mediterráneo. Los niños del filme fueron reclutados allí mismo. Cobraban 300 pesetas por día de rodaje y tenían que ir ellos mismos al bar del pueblo a recoger el dinero. «También te daban un bocadillo y una Fanta», recuerda uno de ellos.
Las anécdotas que rescata el documental retratan a un Ibáñez Serrador tan astuto como exigente. Para rodar la persecución del Land Rover, prometió 1.000 pesetas al niño que consiguiera tocarlo. «Encontramos unas imágenes inéditas en las que se ve a los niños corriendo detrás del Land Rover y cómo llegan hasta a adelantarle», cuenta Loniego entre risas. Uno de los chavales, Roberto Nauta, era familiar de Chicho, y el director le pegaba broncas tremendas delante de los demás para que ninguno se desmandara.
La película, basada en un relato de Juan José Plans, sigue removiendo por lo que no explica. La locura homicida de los niños podría ser venganza por las guerras y hambrunas provocadas por los adultos, pero el filme nunca lo confirma. Tampoco ofrece respuesta moral ante la violencia ejercida por menores. Esa ambigüedad es su mayor hallazgo. Otro, igual de decisivo: situar el horror a plena luz del día, bajo un sol abrasador. Algo que, como señala Sala, «resultaba absolutamente novedoso en el cine de terror español, que hasta entonces había sido siempre muy tenebrista». La música de Waldo de los Ríos, oscilando entre cancioncilla infantil y experimento atonal, completaba la pesadilla.
Chicho no tuvo una relación fácil con su propia obra. Quedó descontento con el trabajo de Lewis Fiander —su primera opción era Anthony Hopkins— y consideró que el doblaje al castellano impuesto por los productores destrozaba diálogos que dependían precisamente de la barrera idiomática de la pareja angloparlante. Cuando pudo programar un ciclo de terror en TVE, el célebre ‘Mis terrores favoritos’, eligió ‘La residencia’ y dejó fuera esta.
Cincuenta años después, ‘¿Quién puede matar a un niño?’ no necesita el permiso de nadie. Ni siquiera el de su creador, fallecido en 2019. La versión restaurada en 4K presentada en Sitges lo confirma: hay películas que el tiempo no desgasta, sino que afila.



