‘Wicker’ conquista Sitges con una fábula de mimbre, amor y mala baba pueblerina

El Festival de Sitges ha elegido ‘Wicker’ para clausurar su 59.ª edición. Una fábula sobre el sexo, el matrimonio y las convenciones sociales que funciona como un cuento con espinas.

Basada en un relato de Úrsula Willis, la película cuenta la historia de una pescadera marginada por un pueblo mediocre que se cree mejor que ella. Una mujer soltera, independiente, que no necesita a nadie. Hasta que una boda la convierte en la mofa del vecindario y decide tomar una decisión insólita: pedirle al cestero del pueblo que le fabrique un hombre de mimbre.

Lo que arranca como picaresca pura se transforma en algo más delicado. El ser de mimbre solo tiene ojos para ella. Y eso, claro, al pueblo le sienta fatal. Los celos y las envidias convierten lo que podría haber sido un cuento amable en un relato con sombras y malas víboras en cada esquina.

La atmósfera es uno de sus grandes aciertos. Mucho color cuando el amor funciona. Gris cuando las cosas se tuercen. Esa alternancia visual le da a ‘Wicker’ un tono de fábula clásica sin perder la mala leche que necesita para hablar de lo que realmente habla: una comunidad incapaz de tolerar que alguien sea feliz a su manera.

Hay algo en la premisa que recuerda a aquel episodio de ‘Los Simpson’ en el que Apu se convierte en el marido perfecto para recuperar a Manjula y los vecinos de Springfield no lo soportan. Aquí el mecanismo es parecido, pero el envoltorio fantástico le permite ir más lejos. No estamos ante una comedia de situación. Estamos ante un cuento de amor con las reglas de un cuento de terror: lo que el pueblo no entiende, el pueblo lo destruye.

‘Wicker’ ha cerrado una edición de Sitges que ha aumentado su asistencia un 6 % y que ha repartido premios entre propuestas muy diversas. El premio a Mejor Película de la Sección Oficial recayó en la francesa ‘Sanguine’, de Marion Le Corroller. Pero la película de clausura deja un sabor distinto. Menos espectacular, más íntimo. Una historia pequeña que dice cosas grandes sobre la soledad elegida, el amor fabricado y la hipocresía de quienes solo aceptan la felicidad ajena cuando se parece a la suya.

A veces el mejor cine fantástico no necesita monstruos. Le basta con un pueblo, una pescadera y un hombre hecho de mimbre al que nadie pidió permiso para existir.

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