La ópera prima de Elliot Tuttle aterriza en Filmin tras un recorrido marcado por diez rechazos consecutivos de festivales, incluyendo Sundance y SXSW. ‘Blue Film’ ha ganado el premio a la mejor película en la sección Trends del Atlàntida Mallorca Film Fest.

La premisa ya incomoda antes de darle al play. Un joven que trabaja como modelo de webcam se reencuentra con un antiguo profesor de instituto, despedido por agredir sexualmente a un alumno, que asegura estar enamorado de él. No hay condena explícita. No hay moraleja. Tuttle construye su película desde un lugar que la mayoría de cineastas ni se plantea pisar.
Diez festivales dijeron que no. Diez. «Da la sensación de que la industria se encuentra en una situación tan delicada y en un estado tan frágil que hace que todo el mundo sea reacio al riesgo», explica Tuttle. Su lectura del problema apunta directamente a los patrocinadores corporativos que financian esos eventos. «Hay intereses económicos que controlan, en cierto modo, el funcionamiento del festival, algo que nunca puede ser bueno para el arte.» La pregunta que lanza es incómoda: ¿son realmente independientes los festivales que se llaman independientes?
Fue el Festival Internacional de Cine de Edimburgo el que rompió el muro. Allí, el verano pasado, ‘Blue Film’ recibió críticas muy positivas. Desde entonces ha ido llegando a otros países hasta aterrizar ahora en Filmin.
Lo que más irrita a cierto sector del público no son las escenas de sexo. Es la mirada. Kieron Moore interpreta a Aaron y Reed Birney da vida al profesor Hank, un personaje al que Tuttle se niega a retratar como un simple monstruo. «Sería complicado escribir una película honesta al tiempo que se juzga moralmente al personaje», reconoce el director. «Mi intención era intentar comprenderlo, investigar todo lo que pudiera y tratar de escribir sus diálogos y sus movimientos de tal forma que lo haría él. Eso es lo más cerca que se puede estar de la honestidad.»
Tuttle se sorprende cuando le preguntan si la película aprueba las acciones de Hank. «No, espero que todos estemos de acuerdo en que la pedofilia está mal y, a partir de ahí, podamos involucrarnos en lo que sucede.» La cinta no pide empatía con el depredador. Pide algo más difícil: que el espectador soporte la ambigüedad sin que nadie le diga qué sentir.
Hay otra capa que duele. La película expone cómo jóvenes buscan la aprobación de hombres mucho mayores creyendo que encontrarán reconocimiento o salvación. El propio Tuttle lo conecta con su experiencia: «Cuando eres más joven, la sexualidad o la forma en que interactúas con la gente está menos empañada por la moral. Tienes esos deseos o impulsos que apenas están empezando a surgir, pero que aún no se han filtrado a través de una sensibilidad madura.» Lo describe como una «situación muy vulnerable».
«Me pregunto si hay pureza en la perversión», dice uno de los personajes. Tuttle responde que sí, pero matiza: no habla de delitos, habla de lo que cada persona considera tabú sobre sí misma. «Te aporta intimidad contigo mismo porque tienes algo que consideras una perversión y que no quieres compartir con otras personas. Es una experiencia muy pura.»
El director podría haber optado por la provocación fácil. Desnudos frontales, explicitud gratuita. No lo hizo. «La dirección que elegí seguir es un poco más de buen gusto», admite. Y ahí está la paradoja: lo que perturba de ‘Blue Film’ no es lo que muestra, sino lo que plantea. «Las ideas representan algo más peligroso que lo que resulta perturbador.»
‘Blue Film’ no es una película cómoda. Tampoco pretende serlo. Lo que hace es obligarte a mirar sin red, sin la comodidad de un narrador que te diga quién es el bueno y quién el malo. Que diez festivales le cerraran la puerta dice mucho menos de la película que del estado actual de una industria que confunde la prudencia con la cobardía.



