Joaquín Mazón parte de la machosfera para construir una comedia romántica que abandona su mejor idea a mitad de camino. ‘El último mono’ tiene premisa, tiene momento, pero no tiene ganas de llegar hasta el fondo.

Un gurú de la seducción criado en los códigos de las redes contra una escritora feminista dispuesta a desmontarle el discurso. El arranque conecta con algo real, con una conversación que lleva años circulando en internet y que el cine español apenas ha tocado. Ahí estaba la película interesante. Y ahí es, precisamente, donde Mazón decide girar hacia territorio conocido.
El problema no tarda en aparecer. El guion coloca machismo radical y feminismo como dos extremos equivalentes, dos posturas que necesitan ceder para encontrarse en un punto medio. Esa simetría es tramposa. Equiparar la reivindicación de derechos con los discursos que los cuestionan no es equilibrio: es evasión.
Juan Dávila traslada al personaje lo que funciona sobre un escenario. Gesto, énfasis, expresividad a tope. Pero el registro apenas varía y el gurú se queda en una sucesión de gags sin que sus contradicciones lleguen a explicarse. Susana Abaitua encuentra más matices en los intercambios y sostiene algunos de los mejores momentos, aunque el guion la obliga a existir en función del protagonista masculino. La paradoja duele: una película que quiere hablar de los roles asignados a hombres y mujeres construye a su protagonista femenina alrededor del recorrido del hombre.
Cuando ‘El último mono’ observa el universo de la machosfera, asoman ideas con recorrido. El lenguaje del éxito, el cuerpo como herramienta de conquista, la promesa de una masculinidad recuperada. Son discursos reconocibles y el material estaba ahí para hacer algo con ellos. Pero la película los usa como fuente de chistes y poco más. En lugar de interrogar por qué esos discursos enganchan, el relato se desliza hacia la fórmula de los opuestos que se atraen.
El humor funciona a ráfagas. La secuencia del karaoke y algunos cruces verbales dejan entrever la comedia que podía haber sido. Son destellos, momentos aislados que no llegan a organizar un tono coherente.
El romance tampoco salva la jugada. En vez de servir para revisar a los personajes, opera como mecanismo para desactivar el conflicto. La discusión deja de ser qué representan esas posiciones y pasa a ser cuánto están dispuestos a ceder para enrollarse. El conflicto ideológico se convierte en tensión sexual resuelta con manual.
‘El último mono’ quiere hablar de la machosfera sin detenerse en ella, discutir el feminismo sin desarrollar sus argumentos y cerrar con un romance que no resuelve ninguna de esas contradicciones. Al final, su problema no es que tome partido. Es que se esfuerza demasiado por no hacerlo. Y en una película que nace de una fricción tan real y tan presente, la equidistancia no es prudencia. Es una oportunidad desperdiciada.



