Hlynur Pálmason regresa a los cines españoles con una tragicomedia sobre la separación sentimental que no se parece a nada. ‘El amor que permanece’, presentada en la sección Cannes Première de 2025, confirma al islandés como uno de los cineastas más singulares del panorama europeo.

Hay directores que tocan la tierra. Y luego está Pálmason, que la muerde. Lo hizo en ‘Un blanco, blanco día’ (2019). Lo hizo en ‘Godland’ (2022). Y lo vuelve a hacer aquí, aunque esta vez la tierra sea otra. Ya no estamos en el siglo XIX ni en una epopeya religiosa por paisajes inhóspitos. ‘El amor que permanece’ transcurre en la Islandia contemporánea y se mete de lleno en un territorio igual de salvaje: la naturaleza del deseo, sobre todo el femenino.
La historia sigue a una artista separada de su marido, madre de tres hijos, completamente segura de querer cerrar la relación. Él no. Ella trabaja con hierro y óxido, crea piezas de pintura matérica y land art moldeadas por el clima. Él pesca, prepara el pescado con sus compañeros, clava postes de vallado en un prado. Pálmason filma ambos mundos con el mismo pulso etnográfico, como si documentar el oficio de cada uno fuera la manera más honesta de explicar quiénes son y por qué ya no encajan juntos.
El formato vuelve a ser el estrecho 1.33:1, casi cuadrado, que ya usó en ‘Godland’. Encierra a sus personajes dentro del encuadre pese a la amplitud del paisaje. Es una decisión que aquí cobra un sentido distinto: no se trata de atrapar al ser humano frente a la naturaleza, sino de comprimir la tensión entre dos personas que ya no comparten espacio emocional pero siguen compartiendo hijos, rutinas y un gallo. Sí, un gallo rabioso que no deja de ser el símbolo más directo del hombre que no asume la pérdida.
Y aquí es donde Pálmason se sale del guion previsible. La violencia, que en sus películas anteriores siempre aparecía de una u otra forma, brota esta vez a través de un humor negro y surreal que resulta extrañamente atractivo. Hay imágenes que se quedan grabadas. La mirada onírica del hombre bajo las faldas veraniegas de la mujer transmite a la vez paz de espíritu y pulsión sexual, como si el deseo fuera lo último que se apaga incluso cuando todo lo demás ya se ha roto.
La película alterna lo directo con lo contemplativo sin que chirríe. Conversaciones frontales sobre el fin de una relación conviven con pasajes que parecen documentales: la industria metalúrgica que apoya el arte conceptual de ella, la faena del pescado, la colocación metódica de un cercado. Todo encaja. Todo dice algo sobre los personajes sin necesidad de subrayarlo.
Saga Garðarsdóttir, Sverrir Gudnason e Ingvar Eggert Sigurdsson sostienen una historia que avanza con la cadencia de las estaciones. La banda sonora, un piano con cierto toque jazzístico, le da al conjunto un aire raro y propio que refuerza la sensación de estar viendo algo que no sigue las reglas de nadie.
‘Godland’ atrajo a casi 40.000 espectadores en España cuando se estrenó en agosto de 2023. ‘El amor que permanece’ llega en las mismas fechas, como si el cine de Pálmason hubiera encontrado su hueco natural en el verano español: el refugio de quienes buscan en las salas de versión original algo que se salga de la norma. Con 109 minutos, la película no sobra ni falta.
Tragicomedia del desamor, estudio etnográfico, delirio visual con mala leche. ‘El amor que permanece’ es las tres cosas a la vez y no se parece a nada que esté ahora mismo en cartelera. Pálmason sigue haciendo exactamente lo que le da la gana. Y da gusto verlo.



