‘La ventana abierta’: una asfixia costera que el desenlace no sabe rematar

Ana Graciani construye un thriller con el viento como cómplice y una atmósfera que aprieta desde el primer plano, pero la película se desinfla justo cuando debería golpear más fuerte.

Hay algo inquietante en la premisa de ‘La ventana abierta’ que funciona desde el minuto uno. Rubén (Unax Ugalde) llega a un pequeño pueblo andaluz para dar una sorpresa a Merche (Mara Guil), la mujer de la que se ha enamorado a través de internet. Merche no aparece. Lo que aparece en su lugar es mucho peor.

A partir de ahí, el guion de Graciani empieza a tirar de un hilo oscuro. Vera (Adriana Camarena), la hija adolescente de Merche, se convierte en guía para Rubén y para el espectador. Es ella quien dosifica la información, quien abre puertas que nadie quería abrir. El recurso de los flashbacks y las secuencias de imaginación va desplazando la película desde el drama hacia el thriller, y en sus momentos más atrevidos, hacia el terror puro.

La dirección tiene un gran acierto: los espacios vacíos. Cada habitación sin gente, cada calle desierta, cada plano abierto de la costa transmite hostilidad. El viento no es un detalle ambiental, es un personaje más. Sopla como enlace entre tiempos y escenas, como recordatorio constante de que algo no está bien. La alternancia entre pasado y presente aturde lo justo para mantener un suspense que no necesita gritar.

Mención aparte merece Alberto López. Verlo en un registro tan alejado de la comedia es un hallazgo. Su trabajo demuestra un rango que no siempre le han dejado explorar, y aquí lo aprovecha con una presencia que incomoda.

El problema llega cuando la película tiene que cerrar. Toda esa tensión acumulada durante la primera hora, esa delicadeza con la que Graciani va tejiendo la incomodidad, se deshace en un tramo final demasiado convencional. El giro existe y está bien armado en su estructura, pero carece de la fuerza emocional que el resto del metraje había prometido. Lo sutil se vuelve explícito. Lo que susurraba empieza a gritar. Y eso le resta.

¿Funciona ‘La ventana abierta’? Sí, si se acepta como lo que es: una película que mezcla entretenimiento con incomodidad y que sabe atrapar aunque el guion se tome alguna licencia con la verosimilitud. Ana Graciani demuestra un dominio notable de la atmósfera y la puesta en escena. Su capacidad para generar un entorno hostil con herramientas sobrias es lo mejor que ofrece la cinta. Lo que le falta es un desenlace a la altura de esa asfixia que tanto cuesta respirar durante sesenta minutos.

El viento levantino sopla con fuerza en ‘La ventana abierta’. Lástima que amaine justo cuando más falta hacía.

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