La nueva película del islandés Hlynur Pálmason llega a los cines este 7 de agosto. Un drama familiar que mezcla naturalismo, comedia, fantasía y surrealismo con una libertad que descoloca y fascina a partes iguales.

‘El amor que permanece’ no sigue un orden narrativo ortodoxo ni un desarrollo dramático convencional. Hay tramos en los que la cámara se detiene a mirar las ramas de los árboles o a una mujer paseando con un niño, y la sensación es que no ocurre nada. Pero debajo de ese aparente desorden hay mucha sustancia.
La historia retrata a una familia: madre, padre y tres hijos muy espabilados, interpretados por los propios hijos de Pálmason. Los padres están separados, pero siguen viéndose. El padre insiste tozudamente en recuperar a la mujer.
Lo que hace la película es contemplar, de forma episódica y arbitraria, retazos de sus vidas. El padre trabaja en un enorme barco de pesca. La madre es artista y fabrica tapices con metal y óxido que expone al aire libre.
En un momento de puro naturalismo, la familia recoge arándanos para hacer zumo y setas enormes de textura carnosa durante una excursión. Es la cara más silvestre de la película, y quizá la más hermosa.
La gama de registros descoloca sin previo aviso. Una espada cae del cielo y se clava en la arena. Un galerista sueco visita a la madre y, en vez de interesarse por sus obras, se lanza a defender que una botella de vino al día mejora la salud y que los médicos lo saben pero se lo callan.
Los animales están por todas partes: el perro de la familia, Panda, encantador; gallinas, gallos, caballos, ovejas, una oca que asusta a los desprevenidos y hasta una ballena. Son parte del paisaje y del tono.
Hacia el final llega la escena. El padre, tumbado en un sofá, es atacado por un pollo gigante. Puro Ray Harryhausen en una sala de estar islandesa. Antes y después de ese delirio onírico aparecen fragmentos de ‘La mujer y el monstruo’, el clásico de Jack Arnold que, según se cuenta, Ingmar Bergman veía cada año el día de su cumpleaños.
Sverrir Gudnason, Saga Garðarsdóttir, Ída Mekkín Hlynsdóttir y Grimur Hlynsson encabezan el reparto de esta coproducción entre Islandia, Dinamarca, Suecia y Francia. 109 minutos que exigen paciencia y la recompensan. No es para todos los paladares, pero quien entre en su juego va a encontrar una de las películas más singulares del año.
Esta semana también llega ‘El síndrome Rembrandt’, de Pierre Schoeller, con Camille Cottin y Romain Duris como pareja de ingenieros nucleares cuya vida se tambalea tras una visita a la National Gallery de Londres. Sugerente, opaca, por momentos hermética: una película que elige provocar inquietud antes que despejarla. Y ‘La ventana abierta’, ópera prima de Ana Graciani, que traslada el célebre cuento de Saki a la costa gaditana con Unax Ugalde y una Adriana Camarena inquietantemente convincente como preadolescente anfitriona.
Tres estrenos que piden un espectador paciente. De los tres, ‘El amor que permanece’ es el que más da a cambio.



