El agujero de guion que hace que ‘Dulce sabor a muerte’ no tenga ningún sentido

La última película de Eli Roth tiene un problema que no se arregla con litros de sangre ni con efectos digitales. ‘Dulce sabor a muerte’ construye toda su trama sobre una base que se desmorona en cuanto le dedicas treinta segundos de pensamiento.

Vamos con los detalles, así que si no la habéis visto, aquí hay más spoilers que vísceras en una película de Roth.

La revelación del villano lo explica todo. O debería. Jonathan Smiley es un hombre que intentó proteger a los niños de los curas pederastas del pueblo. En lugar de agradecérselo, le metieron en la cárcel. Unos críos testificaron falsamente contra él y acabó entre rejas. Allí conoció a un nigromante que le ofreció un trato clásico: su alma a cambio de venganza. Smiley aceptó. Y vuelve al pueblo convertido en heladero, transformando a los niños en máquinas de matar. Hasta aquí, el esqueleto funciona.

El problema es que esos chavales que mintieron en el juicio ahora son los padres. Han pasado unas décadas, no siglos. Y ninguno le reconoce. Ni uno solo.

Pensadlo un momento. Si con nueve años testificas contra alguien en un juicio y por tu culpa le mandan a prisión, esa cara se te queda grabada para siempre. Es el tipo de recuerdo que no se borra ni queriendo. Y sin embargo, Smiley aparece con su carrito de helados después del partido de béisbol y nadie pestañea. Nadie dice nada. Le compran polos a sus hijos como si fuera un desconocido cualquiera.

La película se tendría que haber terminado ahí mismo. Un padre mirándole a los ojos y soltando un «oye, yo a ti te conozco». Fin. Créditos. Nos vamos a casa.

Hay otro detalle que escuece. La escena donde se revela todo esto, la que debería ser el momento cumbre del filme, está resuelta con inteligencia artificial. Roth tira de IA para construir la secuencia clave de su película. Si ya cuesta tragarse el agujero narrativo, el envoltorio visual lo remata. Para quien aborrece ver IA en cualquier formato, desde un cartel hasta un corto experimental, esa decisión convierte la revelación en algo doblemente difícil de digerir.

Lo de ‘Dulce sabor a muerte’ no es un fallo menor que puedas pasar por alto con buena voluntad. Es la viga que sostiene toda la estructura. Si los padres reconocen a Smiley, no hay película. Y el hecho de que no lo hagan no tiene justificación dentro de la trama. No hay hechizo que le cambie la cara. No hay excusa narrativa. Simplemente no le reconocen porque, si lo hicieran, el guion se queda sin combustible antes de arrancar.

A veces el cine de terror pide que suspendas la incredulidad. Que aceptes demonios, maldiciones o nigromantes que hacen tratos en una celda. Eso es parte del juego. Pero que un pueblo entero olvide la cara del hombre al que mandaron a la cárcel no es suspensión de incredulidad. Es pereza de guion.

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