Lucía Aleñar Iglesias debuta en el largometraje con una película que esquiva todos los lugares comunes del cine sobre la pérdida. ‘Forastera’ encuentra en Zoe Stein a una actriz capaz de sostener lo imposible: hacer visible lo que ya no está.

La premisa parece sencilla. Una joven pierde a su abuela en pleno verano. Lo que queda son aromas pegados a la ropa, manías, decires, lugares compartidos. Pero la película tuerce el relato cuando la protagonista empieza a vestir los vestidos de otros tiempos de la abuela y, casi sin quererlo, da con algo que no esperaba: una identidad en fuga, una máscara hecha de ausencia. Hasta el abuelo, un Lluís Homar magnífico, querrá creer lo que no es.
Lo que hace Aleñar con esa premisa es lo verdaderamente notable. Construye un cuento de fantasmas sin fantasmas. Un relato de misterio cuyo único enigma es la memoria. Una tragedia que por momentos se diría farsa. En manos menos hábiles, el juego habría acabado en cualquier sitio. Aquí no. La directora controla el tono con una precisión que no parece propia de una ópera prima. Su cámara sabe llenar vacíos, profundizar en heridas, abrazar sentimientos con una gramática tan delicada como precisa.
Y luego está Zoe Stein. Su presencia lo cambia todo. Tiene una habilidad casi sobrenatural para moverse en el límite mismo de las cosas. Intriga con su mirada lejana. Divierte con una brusquedad que no tiene nada de impostada. Gusta por la naturalidad con la que se disgusta con su madre, una Nuria Prims a la que se la ve poco pero a la que echas de menos cada vez que desaparece de plano. Sin ella, la película directamente no es imaginable.
No todo funciona igual de bien. Hay subtramas —la del novio, la de la hermana— que se quedan a medio desarrollar o que directamente aportan poco. La película se deslumbra con su propia premisa y pierde algo de fuerza cuando se aleja de ella. Son baches menores en un conjunto que sostiene su pulso con solvencia durante 97 minutos, pero están ahí y se notan.
Lo que queda, sin embargo, pesa más que lo que falta. ‘Forastera’ es la radiografía perfecta de lo que dejan los muertos. Que no es muerte, sino la herida viva y muy presente de todo lo que quisimos con ellos. Cada gesto común, cada paseo bajo el sol, cada bostezo matutino se convierte en territorio de dolor cuando quien lo compartía con nosotros ya no está.
Aleñar Iglesias firma una carta de presentación que deja ganas de saber qué vendrá después. Y Zoe Stein se planta en el mapa del cine español con una interpretación que no se olvida fácil. ‘Forastera’ duele como duelen las cosas que importan: en silencio, por dentro, cuando menos te lo esperas.



