El primer largometraje de Lucía Aleñar Iglesias llega a los cines españoles el 11 de septiembre con una premisa que engancha desde el arranque: una adolescente presencia la muerte absurda de su abuela y, casi sin querer, empieza a ocupar su lugar.

La idea es magnífica. Catalina está en esa edad en la que todavía no sabe quién es, y de repente se mete en la piel de alguien que ya tenía una identidad construida, un hueco reservado en la casa y en la memoria de los demás. Lo que arranca como un juego de disfraces —ponerse su ropa, habitar sus espacios— acaba desdibujando los límites entre duelo, imitación e identidad. Ahí hay una metáfora potente. El problema es que la película no siempre sabe qué hacer con ella.
Aleñar Iglesias ya había contado esta historia en un cortometraje homónimo de 2020, seleccionado en la Semana de la Crítica de Cannes. Ahora la expande a 97 minutos. Y se nota que tiene personalidad detrás de la cámara. ‘Forastera’ no recurre a sustos ni a subrayados. Crea extrañeza con lo cotidiano: un armario abierto, unas prendas que no pertenecen a quien las lleva, un verano que se detiene. La fotografía de Agnès Piqué Corbera trabaja esa sensación de lugar conocido que se vuelve ajeno.
El problema está en el ritmo. La contención funciona cuando hay tensión debajo. Pero hay tramos en los que la película se queda en la superficie de su propia atmósfera, sugiriendo sin avanzar. No hace falta que todo se explique, pero sí que la evolución emocional de Catalina se sienta con más fuerza. A veces se siente. Otras veces, simplemente, no pasa lo suficiente.
Zoe Stein carga con el peso del relato y responde bien. Su Catalina transmite esa fragilidad de quien todavía no tiene forma propia y prueba a calcar la de otra persona. A su alrededor, Lluís Homar y Nuria Prims completan un reparto que sostiene el tono sin forzarlo. Rodada en catalán y coproducida entre España, Italia y Suecia, la película pasó por la sección Discovery del Festival de Toronto antes de aterrizar aquí.
‘Forastera’ deja imágenes y conceptos que permanecen después de verla. La ropa de la abuela convertida en objeto casi fantasmagórico. La incomodidad de ver a alguien habitar un hueco que no le corresponde. Pero entre esos destellos hay una película demasiado cautelosa con su propio material. Aleñar Iglesias tiene mirada y tiene ideas. Le falta atreverse a empujar más fuerte cuando la historia lo pide.



