‘Las ciegas hormigas’ atrapa con su atmósfera pero se ahoga cuando toca apretar

‘Las ciegas hormigas’, la nueva película de Igor Legarreta, llega a San Sebastián como un thriller rural ambientado en la Bizkaia de 1930 que fascina por su estética y frustra por su resolución.

La premisa tiene garra. Una noche de tormenta, un carguero inglés cargado de carbón se queda varado en la costa vasca. Las familias pasan frío, los Altos Hornos están en crisis y el hambre aprieta. Un padre decide liderar el robo del carbón para proteger a los suyos. El plan sale mal. Hay un muerto. Y ese muerto, de puertas para afuera, no puede existir.

Legarreta construye la película como una fábula oscura. Las composiciones visuales son hermosas, casi pictóricas, pero lo que cuentan es miseria, barro y desesperación. Ese contraste es lo mejor de la película. Hay una gasa de cuento de terror fantástico que recubre cada plano, y cuando esa gasa se adelgaza y deja ver la realidad de los personajes, el golpe llega. El problema es que llega pocas veces con la fuerza que debería.

Urko Olazabal e Itziar Ituño sostienen el peso como padre y madre. No fallan. Él, arrepentido pero práctico. Ella, perspicaz y decidida. Carlos Santos cumple como el teniente que lo sabe casi todo y que aplica la ley con una pulcritud incómoda. Alrededor orbitan una abuela que funciona como memoria del clan, un hermano desertor y otro que, siendo pieza clave, no verá nada de lo que ocurre. La familia como organismo de supervivencia. La familia como cárcel.

Hay momentos que retumban. Secuencias tan oscuras que se te clavan y no sueltan. La atmósfera funciona y la película encuentra ahí su personalidad, en ese territorio donde lo bello y lo brutal conviven en el mismo encuadre. Pero cuando toca explotar la intriga, cuando el thriller necesita apretar de verdad, ‘Las ciegas hormigas’ se queda a medio gas. La tensión acumulada no encuentra recompensa. El mecanismo pierde fuerza justo donde más debería morder.

Y eso duele, porque el material pedía más. Una historia de picaresca, pragmatismo y malicia en un rincón de Bizkaia aplastado por la crisis tenía todo para ser un relato que no se olvida. Legarreta demuestra que sabe mirar, que sabe componer y que sabe crear atmósfera. Lo que no termina de dominar es el pulso narrativo del género. Al final, como dice la propia película sin querer decirlo, el robo del carbón fue en vano.

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