José Mota se estrena como director de ficción con ‘Arriba Tutto’, una película ambientada en la España de 1905 y 1939 que propone la comedia como único escudo posible contra el horror.

La película abre con una imagen que ya es declaración de intenciones. Chaplin, los Hermanos Marx, el Gordo y el Flaco, Gila y Don Quijote cruzan los campos castellanos perseguidos por fascistas. No hace falta más para entender lo que Mota quiere contar. Los cómicos siempre fueron los primeros en caer. Y los últimos en rendirse.
La historia se sitúa en Toledo y sigue a Michi, interpretado por Pablo Caballero, hijo de un payaso ambulante al que da vida Karra Elejalde. Padre e hijo sobreviven en la miseria recorriendo pueblos con su tropa, arrancando risas a gente que tampoco tiene mucho más. El padre, siempre de buen humor pese a todo, acaba enfrentándose a un sargento. Las consecuencias son fatales.
Mientras tanto, el joven Michi descubre el amor por primera vez. Inocencia y esperanza en medio de un país roto. Es el contraste más viejo del cine, sí. Pero también el más efectivo cuando se ejecuta bien.
Lo que plantea José Mota tiene una premisa honesta. No es una película bélica ni un drama histórico al uso. Es una historia sobre gente que hace reír en un mundo que no tiene ninguna gracia. La guerra está ahí —1939, posguerra española, Segunda Guerra Mundial en marcha— pero el foco no apunta a las trincheras. Apunta al escenario improvisado de una compañía ambulante que se niega a dejar de actuar.
Elejalde cargando con el papel de payaso que planta cara al poder militar es una elección que tiene sentido. Sabe moverse en ese registro donde la comedia y el desgarro conviven sin que ninguno de los dos chirríe. Caballero, por su parte, lleva el peso de la mirada joven, la del chaval que todavía no entiende del todo en qué mundo le ha tocado crecer.
‘Arriba Tutto’ apuesta por una idea clara: que hacer reír cuando todo se derrumba no es evasión, sino resistencia. Queda por ver si Mota consigue que esa idea sostenga una película entera o se queda en un gesto bonito. Pero el punto de partida tiene verdad.



