El segundo largometraje de Alex Huston Fischer y Eleanor Wilson adapta ‘El marido de mimbre’, relato de Ursula Wills-Jones publicado en 2008, para construir una alegoría sobre el machismo, la sumisión de la mujer y la libertad sexual. La película, estrenada el 30 de octubre, toca temas pertinentes y los entierra bajo un tono errático, unos diálogos pobres y un ritmo que convierte sus 105 minutos en una experiencia soporífera.

‘Wicker’ entronca con una tradición larga. Las efigies de mimbre aparecen ya en los textos de Estrabón, a principios del siglo I, y en ‘La guerra de las Galias’ de Julio César, donde se describe cómo los druidas construían figuras gigantescas con ramas y las rellenaban con hombres vivos como sacrificio. En el cine, ‘El hombre de mimbre’ (Robin Hardy, 1973) recuperó esos elementos para el folk horror: mitos paganos, aislamiento rural y fanatismo. La película de Fischer y Wilson hereda parte de esas esencias, aunque sustituye el terror por la fantasía.
La trama sitúa a una pescadera a la que todo el pueblo rechaza por su aspecto y su olor. La mujer pide al maestro cestero local que le fabrique un marido con mimbre, y el encargo cobra vida en forma de un gigante con el físico de Alexander Skarsgård. La aparición de ese compañero, que la cuida de día y la satisface de noche, desata los deseos reprimidos de las demás mujeres del pueblo. Al afecto y al sexo se suman las ganas de ser madres en parejas con dificultades para concebir.
En el plano simbólico, la historia conecta con debates actuales: la inteligencia artificial, la gestación subrogada y el negocio de comprar bebés por capricho. El trauma de la infertilidad, asunto que comparte con ‘Wildwood’ (estrenada una semana antes), se entrelaza con ecos de Pinocho y con la sublevación de los personajes marginados de la aldea. Sobre el papel, la cinta acumula material de sobra para construir un relato con verdadera enjundia.
El tono intenta ser cómico y acaba en lo grotesco, busca la gracia y cae en el ridículo, quiere ejercer la crítica social y apenas roza lo áspero. Los diálogos son flojos y en algunos tramos directamente penosos. La cadencia del montaje y el uso de la música agravan la sensación de pesadez en lugar de aliviarla.
Olivia Colman interpreta a la protagonista y su desenlace individual tiene algo de delicado. En el reparto figuran también Elizabeth Debicki y Peter Dinklage. Ni siquiera la presencia de Colman logra romper el hastío de una película donde los personajes son caricaturas: las mujeres, arpías movidas por la envidia; los hombres, borrachos incapaces.
‘Wicker’ acaba siendo una mezcla desordenada de feminismo necesario, sociología y sexualidad de escaso vuelo. Una producción británica con dos horas de relato mal narrado y sin la frescura ni la gracia que sus temas pedían.



