‘Apuntes para una ficción consentida’ llega a los cines con un Madrid que no parece Madrid

La ópera prima de Ana Serret se estrena hoy en las salas españolas con una propuesta que difumina las fronteras entre ficción y documental, siguiendo a una actriz suiza atrapada entre dos ciudades y dos maneras de existir.

La película presenta a Lea, una actriz suiza de cuarenta años interpretada por Isabelle Stoffel, que malvive en Madrid encadenando trabajos precarios mientras espera la oportunidad que no termina de llegar. Entre ensayos de una obra sobre Santa Teresa de Jesús, trayectos en bicicleta con tacones y una mochila a cuestas, Lea se mueve por un Madrid nublado que parece otra ciudad. Y cuando cruza a Basilea, tampoco encaja del todo. Ese no pertenecer a ningún sitio es el corazón de todo.

Lo que hace Serret tiene algo de trampa deliberada. Empezó observando a Stoffel con intención de rodar un documental, pero pronto entendió que la ficción le daba más espacio para mostrar la dignidad de una vida modesta sin convertirla en postal. El resultado es una película que respira a las dos cosas y no se disculpa por ello.

La dirección de fotografía corre a cargo de Almudena Sánchez AEC, que cita como referencias a Néstor Almendros, Gordon Willis, el cine de Ozu y el de Mia Hansen-Løve. No son nombres menores. Y se nota en la intención: una imagen suave, tamizada, que busca la luz propia de cada espacio en lugar de imponerle una. La propia Sánchez reconoce que el rodaje fue un encaje de bolillos. Querían un Madrid soleado y una Basilea gris, pero el clima decidió lo contrario. Los días de exteriores más importantes en Madrid trajeron lluvia e incluso nieve.

Ahí es donde la película encontró algo mejor que su plan original. Sánchez lo describe con precisión: viendo por el visor a Stoffel pedaleando contra el viento y la aguanieve en la cara, supo que lo que tenían delante superaba la idea de partida. Un Madrid romántico y nublado que no se parece al de las postales turísticas. Un Madrid que conecta visualmente con Basilea sin forzar la paleta. Las dos ciudades distintas, pero unidas por alguien que no termina de ser de ninguna.

El rodaje se repartió en bloques de invierno y verano en ambas ciudades, con meses de diferencia entre secuencias que en el montaje van en continuidad. Hay partes de invierno rodadas en julio y partes de verano rodadas en febrero. Cada exterior se preparó buscando la hora exacta para trabajar en sombra o a contraluz. Hasta la secuencia del salto al río en Basilea, pensada como el momento épico de la película, se topó con una tormenta. Pero cuando escampó quedó una luz de atardecer en magenta y dorado que encajaba mejor que cualquier plan. Justo al cortar la última toma, se encendieron las farolas.

La película también mira hacia abajo, hacia los barrios del centro de Madrid amenazados por la gentrificación y una vida cada vez más impersonal. No lo hace con discurso, sino con la cámara: recorridos en bicicleta, calles concretas, las fuentes de la glorieta de Cádiz vistas desde los ojos de alguien que las encuentra fascinantes precisamente porque no son de aquí. Ana Serret incluyó en el guion las piezas de música clásica de cada trayecto, detalle que marca el pulso interno de la narración. Variaciones sutiles que construyen identidad: en Madrid, Lea lleva casco; en Basilea, no. En Madrid sube la bici a casa; en Basilea la deja en la calle.

Con reminiscencias del cine de Jonás Trueba, ‘Apuntes para una ficción consentida’ no busca el golpe de efecto. Busca otra cosa: el tiempo necesario para mirar a alguien que se empeña en existir entre dos mundos sin rendirse en ninguno. Hoy está en cines. Y merece que le demos ese mismo tiempo.

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