La 74 edición del Festival de San Sebastián ha incluido en su Competencia Oficial una rareza: el debut en largometraje del chino Ah Biao, un film de apenas 78 minutos rodado en un pueblo perdido en la frontera con Mongolia que no podría existir dentro del circuito oficial de su propio país.

Y ahí está parte de su interés. ‘Border’ es una coproducción entre compañías de Hong Kong, Estados Unidos y Corea del Sur. La razón es simple: la crudeza de sus imágenes, su tono asfixiante y sus escenas de sexo explícito la convierten en material imposible para la censura china. Estamos ante una película sobre China, pero pensada para ojos de fuera.
Zheyan Li interpreta a Luo Jia, un joven minero atrapado en la rutina más gris imaginable. Baja a las canteras. Vuelve con su padre. El cielo nunca es azul, solo polución. Nadie sonríe. Hasta que aparece una mujer misteriosa que despierta algo en este antihéroe al que le cuesta expresar cualquier emoción. Los encuentros sexuales se multiplican, la relación se vuelve más íntima, pero algo huele a prohibido. El título de la película no aparece en pantalla hasta el minuto 61. Ahí empieza a encajar todo.
Lo que propone Ah Biao es deliberadamente incómodo. Seco, austero, despojado de cualquier concesión al espectador que busque una narrativa convencional. Empatizar con los personajes cuesta. Mucho. Pero hay una seguridad en la puesta en escena que llama la atención tratándose de un primer largometraje. Las tomas largas funcionan tanto para capturar esos exteriores desolados como para filmar la unión de los cuerpos o los distintos encierros —los físicos y los mentales— de unas criaturas sin salida aparente.
La sombra de Jia Zhang-ke planea sobre el film. No el Jia Zhang-ke consagrado, sino el de los primeros trabajos, cuando filmaba la China que nadie quería ver con una cámara que parecía observar sin juzgar. ‘Border’ bebe de esa fuente. No la supera, pero tampoco la traiciona.
Que una ópera prima acceda a la sección principal de un festival como San Sebastián ya dice algo. Que además sea una apuesta minimalista de 75 minutos netos, sin concesiones al público más convencional, dice bastante más. No estamos ante una película redonda. Tiene tramos donde la aridez pasa de ser un recurso estilístico a convertirse en barrera. Hay momentos en los que el hermetismo de los personajes deja al espectador fuera, sin llave para entrar.
Pero en un panorama de competición donde abundan los films complacientes y las narrativas diseñadas para agradar, ‘Border’ se planta con otra actitud. No pide permiso. No busca aplausos fáciles. Completan el reparto Feng Qi, Sanming Han, Gang Zheng y Tao Guo, todos al servicio de un relato que confía más en lo que calla que en lo que muestra.
Ah Biao sabe filmar. Eso queda claro. Sabe dónde poner la cámara, cuánto tiempo sostener un plano y cómo construir una atmósfera que se mete debajo de la piel aunque cueste nombrar exactamente por qué. Con sus grietas y sus zonas muertas, ‘Border’ funciona como carta de presentación de un director al que merece la pena seguirle la pista. En la pelea por la Concha de Oro, es la apuesta más incómoda del lote. Y eso, a estas alturas, ya es un mérito.



