‘El castillo’ llega al Festival de San Sebastián con seis episodios que reconstruyen cómo se gestó el primer macroburdel en España, allá por 1999, y lo hace sin apartar la mirada ni convertir el horror en espectáculo.

La serie creada por Isabel Peña y Eduardo Villanueva se organiza desde tres trincheras. La del proxeneta, la de la víctima y la de la policía. Tres puntos de vista que, lejos de repartir el peso por igual, permiten entender la magnitud de un sistema diseñado para que entrar sea fácil y salir, imposible. Esa estructura es su mayor acierto narrativo.
Raúl Arévalo interpreta a Suizo, un proxeneta que trata de usted a las mujeres que explota y les promete dinero y protección para sus familias en Colombia. Arévalo sorprende precisamente por eso: por construir un monstruo que no parece un monstruo. Es amable, educado, confiable. Y eso lo hace mucho más terrorífico que cualquier villano de cartón piedra.
Frente a él, Valentina Vidal da vida a Claudia, una joven colombiana atrapada en la red. Su trabajo es impecable. En la trama policial, Omar Ayuso y Laia Marull lideran los esfuerzos de la UCRIF por desarticular unas redes que conocen las grietas de la ley y saben colarse por ellas. La codirección de Elena Martin Gimeno y Sandra Romero mantiene el pulso firme durante los seis episodios.
Hay una decisión creativa que define la serie entera. Cuando un putero viola a una prostituta, la cámara no muestra el cuerpo de ella. Muestra la cara de él. Sus gestos, sus movimientos, sus sonidos. Peña y Villanueva eligen sacarle las vergüenzas a quien hay que sacárselas: al putero, al proxeneta, al que mira para otro lado. En un panorama audiovisual que lleva años debatiendo cómo representar la violencia sexual, ‘El castillo’ toma partido con una claridad que se agradece.
La serie habla también de corrupción, de un país lleno de puteros —la palabra la usa la propia ficción, y con razón— y de los límites de una legislación que hasta 2010 ni siquiera consideraba delito la trata ilegal de mujeres. Ese dato, real, es un puñetazo en la boca del espectador. Once años después de que se empezara a construir aquel macroburdel, la ley por fin puso nombre a lo que estaba pasando.
‘El castillo’ funciona como denuncia, pero también como serie. Sabe dosificar la tensión, no se pierde en subtramas innecesarias y cierra con un episodio en el que los gestos de la cara de una jueza dicen más que todos los guiones de los seis capítulos juntos. Esa imagen final lo resume todo: a veces la justicia no necesita palabras, necesita que alguien se atreva a mirar de frente lo que lleva demasiado tiempo tapado.



