‘Chicho o Mientras el cuerpo aguante’: Trueba, un hombre libre y el arte de no quedarse quieto

Fernando Trueba recupera su segundo largometraje, estrenado en 1982 y ahora restaurado por la ECAM a partir del negativo original de 16 mm. ‘Chicho o Mientras el cuerpo aguante (una comedia didáctica)’ vuelve a las salas de la mano de Los Ilusos Films con sus 89 minutos intactos y una pregunta que no ha envejecido: ¿qué pasa cuando alguien decide tomarse en serio absolutamente todo?

El protagonista es Chicho Sánchez Ferlosio. Hijo del escritor falangista Rafael Sánchez Mazas, hermano de Rafael Sánchez Ferlosio. Un hombre que recorrió el camino de la militancia comunista hasta posiciones libertarias y que, en esta película, no necesita que nadie ordene su biografía para resultar fascinante. Trueba lo filma en Sóller, junto a su compañera Rosa Jiménez, y deja que sean las conversaciones, los paseos y las canciones quienes construyan el retrato.

Lo que hace especial a este documental es su estructura, o más bien su ausencia deliberada de ella. Chicho salta de la lingüística a la política, de los juegos a la lectura de la Biblia, con una naturalidad que convierte cada digresión en el verdadero motor del relato. No hay guion oculto ni hilo conductor impuesto desde fuera. El hilo es él. Su manera de pensar es el ritmo de la película.

El subtítulo lo dice todo: una comedia didáctica. El humor nace de la seriedad absoluta con la que Chicho se entrega a cada razonamiento. Hay algo cómico en esa obstinación por examinar lo que el resto acepta sin pestañear. También hay una inteligencia que encuentra placer genuino en discutir, precisar y poner a prueba cualquier explicación que se le presente. Lo didáctico no está en lo que enseña, sino en cómo mira. En esa insistencia por seguir pensando cuando la conversación parecía cerrada.

Las canciones no funcionan como pausa ni como adorno. La palabra hablada y la cantada comparten la misma mirada crítica, el mismo gusto por el juego. Cantar es otra forma de estar con otros, de intervenir en lo que ocurre alrededor. Rosa Jiménez contribuye a situar a Chicho en ese espacio compartido donde las ideas conviven con la intimidad sin caer nunca en el homenaje solemne. La película esquiva la reverencia. Y eso se agradece.

En términos cinematográficos, Fernando Trueba apuesta por la sencillez. La cámara de Ángel Luis Fernández escucha y acompaña. El equipo entra en el campo de la relación, haciendo visible el encuentro del que surge todo. No hay artificio. Esa libertad también marca los límites del filme: la acumulación de reflexiones deja caminos abiertos y confía en que la curiosidad de Chicho baste para sostener la del espectador. A veces basta. A veces se nota que el metraje pide un ancla que no llega.

Conforme avanza la película, las rarezas de Chicho van revelando una coherencia inesperada. La de alguien que lleva la necesidad de cuestionar hasta los rincones más pequeños de la vida cotidiana. Su independencia se percibe en lo que decide observar, en las preguntas que prolonga, en la facilidad con la que una ocurrencia se transforma en debate. Trueba conserva ese movimiento sin intentar fijar una imagen definitiva de él. Es una decisión inteligente. Chicho no cabe en una conclusión.

Vista hoy, esta restauración devuelve la voz, los gestos y el humor de un hombre cuya forma de pensar sigue contagiando inquietud. Al terminar queda la sensación de haber compartido un rato largo con alguien que, fuera de plano, todavía tendría mucho que discutir. Y eso, en un documental de 89 minutos rodado hace más de cuatro décadas, no es poca cosa.

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