Con motivo del centenario de los Cines Verdi de Barcelona, Berta García-Lacht dirige un documental que esquiva el homenaje previsible para hacer algo más difícil: preguntarnos qué significa todavía sentarse en una butaca a oscuras rodeado de desconocidos.

‘La vida és Verdi’ no responde a esa pregunta. Y ahí está su mejor decisión. García-Lacht podría haber montado una pieza institucional con aplausos, lágrimas y músicas épicas. En lugar de eso, deja que hablen las personas. Cineastas, trabajadores, acomodadores, vecinos, espectadores anónimos. Todos al mismo nivel. Todos con algo que contar sobre un lugar que lleva cien años abriendo sus puertas.
El documental encuentra su hilo conductor en dos niñas, Yanira Giménez y Séfora González, que recorren el Verdi con ojos limpios. Sin nostalgia. Sin discurso. Solo curiosidad. Su presencia funciona como un recordatorio elemental: toda pasión por el cine empieza con una primera película y una primera sala. Esa idea, tan simple, sostiene todo el relato.
Aparecen nombres grandes. Isabel Coixet, J. A. Bayona, Carla Simón, Fernando Trueba, Richard Gere. Sus intervenciones aportan peso, pero García-Lacht tiene el acierto de no convertirlos en el centro. No son ellos quienes definen los Cines Verdi. Lo hacen quienes abren cada mañana, quienes limpian las salas, quienes llevan décadas ocupando las mismas butacas. Ese equilibrio entre lo conocido y lo anónimo es probablemente lo más inteligente del documental.
Visualmente, la apuesta es la sencillez. Nada de artificios. El montaje deja que las historias respiren, que el archivo dialogue con el presente sin caer en la trampa de la nostalgia complaciente. Porque ‘La vida és Verdi’ no dice que antes todo era mejor. Dice algo más interesante: que lo que ofrecía una sala como esta sigue teniendo sentido hoy. No a pesar de las plataformas y los multicines, sino precisamente porque existen.
Ahí es donde el documental trasciende el caso particular. Los Cines Verdi se convierten en símbolo de una resistencia posible. No una resistencia romántica ni suicida, sino la de un espacio que demuestra que todavía hay público dispuesto a buscar una programación diferente. A ver cine de otra manera. A compartirlo.
Hay una idea que atraviesa toda la película y que merece quedarse: las salas no solo proyectan películas, crean espectadores. Son lugares donde se educa la mirada, donde se descubren autores, donde el cine deja de ser un contenido más para convertirse en experiencia. Eso no lo sustituye un algoritmo.
¿Deja preguntas abiertas? Sí. Algunas habrían merecido más desarrollo. El documental roza temas —la crisis del sector, la transformación de los hábitos de consumo, la supervivencia económica de las salas independientes— que podrían haber dado para otro largometraje entero. Pero quizá esa contención también forma parte de la propuesta. García-Lacht prefiere sugerir antes que agotar.
‘La vida és Verdi’ celebra un centenario, pero su mirada apunta hacia delante. La pregunta que deja no es si los Cines Verdi sobrevivirán otros cien años. Es si nosotros seguiremos necesitando lugares así para descubrir el cine. O si aceptaremos que esa experiencia se disuelva entre el sofá y el mando a distancia. García-Lacht no contesta. Nos deja salir del cine con la pregunta encima. Que es exactamente lo que debe hacer un buen documental.
