‘Lionel’, la ópera prima de Carlos Saiz, se ha convertido en uno de los secretos mejor guardados del cine español reciente. Una película que no busca contar una historia, sino colocar delante de la cámara a quienes el cine suele ignorar.

«Mi obsesión no es contar nada, sino colocar en el centro de la pantalla a las personas que siempre están fuera de foco», explica Saiz. Su película sigue el viaje de un hijo y un padre desde Totana, en Murcia, hasta Marsella, donde vive la hermana del primero y la hija del segundo. Tan sencillo como suena. Tan complejo como resulta.
Los protagonistas se interpretan a sí mismos. Un amigo de Saiz que quedó huérfano de madre y creció con la ayuda del Estado, y el padre que le abandonó para luego intentar recuperarle. Ambos actúan sabiendo que son actores. Y es en esa grieta entre lo vivido y lo representado donde ‘Lionel’ encuentra su nervio.
Saiz llegó al cine casi por accidente. Empezó con ocho o nueve años gracias a un videojuego llamado 3D Movie Maker. Se presentó a la escuela de cine de Cuba y no entró, pero la prueba que hizo le valió una beca en una escuela privada de Madrid que jamás habría podido pagar. Ahí descubrió a Isaki Lacuesta y ‘La leyenda del tiempo’. Ahí entendió que se podía hacer cine de otra manera.
Su primer corto, ‘La hoguera’, ya hizo ruido en la Seminci. De entonces a ahora, la lista de festivales que se han rendido a su trabajo no ha parado de crecer. Transilvania, Pekín, Atlántida Film Fest en Mallorca. Premios, menciones, reconocimiento en cada parada.
Lo que irrita a Saiz es el retrato fácil de lo marginal. «Me irrita esa forma de hablar y retratar la cosa marginal siempre desde el cliché tal como hace la tele en programas como Callejeros. Se nota mucho la poca sensibilidad, las prisas…», dice sin rodeos. Su película va justo en dirección contraria. No observa desde fuera. Se mete en el barro.
«Mi labor como director no es decir a cada uno lo que tiene que hacer o decir, sino provocar un estado de ánimo. Lo que me interesa y busco es abrazar el accidente», confiesa. Mil veces el padre amenazó con irse del rodaje. Mil veces volvió. Y esa fragilidad, lejos de hundir la película, es exactamente lo que la sostiene.
‘Lionel’ habla de perdón, abandono, culpa y lazos de sangre. Temas que están tan a mano que duelen. Cine que no busca dejar indemne a nadie, sino manchar la mirada. Como la vida misma mancha.



