La nueva película de Marcelo Martinessi recupera la historia de un joven que llevó el rock a la radio paraguaya en 1959 y acabó muerto en su apartamento. Una ficción inspirada en la vida de Bernardo Aranda y basada en la novela de Guido Rodríguez.

Estamos en Paraguay. Manda el general Alfredo Stroessner. Y un chaval de veinticinco años vuelve de Buenos Aires con el rock en la cabeza. Narciso conquista la radio, seduce a su director, arrastra al público. Hasta que aparece muerto tras su último concierto. Eso es todo lo que el régimen necesitaba para borrarlo.
Diro Romero carga con el peso del personaje y lo sostiene. Su Narciso es provocador, magnético, incapaz de encajar en los moldes que la dictadura exige. Martinessi construye la película alrededor de esa energía. No le interesa el crimen en sí, sino la sociedad que lo permitió sin hacer preguntas.
El recurso más inteligente del filme es su uso de la metáfora. Mientras Narciso revoluciona la radio, en segundo plano suena una adaptación radiofónica de ‘Drácula’. A medida que la historia avanza, el relato de Bram Stoker se vuelve más oscuro. El monstruo no está en la ficción. Está en las calles de Asunción, uniformado y con poder.
Martinessi elige la distancia. No hace un biopic al uso. No se recrea en los detalles del asesinato ni exprime el drama individual. Prefiere algo más incómodo: mostrar cómo todo un país mira hacia otro lado cuando alguien se sale de la norma. Esa decisión convierte la película en un relato colectivo, no en una tragedia personal.
Hay huecos que se notan. La homosexualidad del protagonista, clave para entender su marginación, queda apenas esbozada. Su origen humilde y la discriminación que sufría por su forma de narrar en la radio merecían más espacio. Son ausencias que, según se mire, refuerzan esa distancia deliberada o dejan al espectador con ganas de más.
La estética visual y sonora funciona como un thriller silencioso. Tensión contenida, miedo que se filtra por los bordes del plano. ‘Narciso’ no grita. Susurra. Y lo que susurra es que hay crímenes que no se cometen solo con las manos, sino con el silencio de los que deciden no ver.



