María Ruiz debuta como directora con una comedia que mira al vodevil clásico sin complejos, con un guion original afilado y un reparto que funciona como un mecanismo de precisión donde Manuela Vellés se convierte en la gran sorpresa.

Hay películas que no necesitan sangre, ni giros de guion retorcidos, ni golpes de efecto. Les basta con un puñado de personajes metidos en un lío sentimental, un escenario con puertas que se abren y se cierran, y un tempo cómico que no falle. ‘Ni contigo ni sin mí’ pertenece a esa estirpe. Y lo hace con una conciencia de género que se agradece.
El principal mérito del film está en su punto de partida: un guion original. Ni adaptación de éxito nórdico, ni versión de obra ajena. María Ruiz, a quien muchos recordarán por su trabajo en ‘El camino de los ingleses’ de Antonio Banderas, escribe y dirige su primera película con la soltura de quien conoce las reglas del vodevil y decide jugar con ellas en lugar de transgredirlas. Su película no imita a Feydeau ni a Scribe directamente, sino que bebe de sus derivados más ilustres: las comedias de Gene Sacks, Herbert Ross o Bud Yorkin. Títulos como ‘Flor de cactus’ o ‘La gatita y el búho’ flotan en el ADN del film.
La puesta en escena esquiva el estatismo que acecha a cualquier proyecto de raíz teatral. Ruiz imprime velocidad y dinamismo al conjunto pese a las evidentes limitaciones de presupuesto, y elige un enclave veraniego y exótico como escenario de los equívocos. Ese espacio vacacional no es decorado: es combustible. Remite tanto a las comedias del tardofranquismo con sus suecas y sus Rodríguez como a divertimentos posteriores del cine español que abrazaban el anacronismo con desparpajo.
Uno de los hallazgos del film es la mirada que Ruiz proyecta sobre la camaradería masculina. Hay algo revelador en cómo una directora retrata a dos hombres que, sin aspavientos, se acompañan en una ruptura sentimental. Gorka Otxoa y Adrián Lastra están estupendos como protagonistas, cómodos en un registro que dominan. Muestran cercanía y vulnerabilidad sin que nada suene impostado. Iván Sánchez y Cristina Maisonnave tienen papeles menos agradecidos, con menos espacio para el lucimiento, pero no desentonan dentro de un artefacto que exige movimiento constante y diálogos que funcionan como dardos envenenados.
Pero nada de esto tendría el mismo efecto sin Manuela Vellés. Todo vodevil necesita un revulsivo, un elemento que dinamite el equilibrio y añada gracia al intercambio de roles. Vellés es ese vórtice. Acostumbrados a verla en registros cercanos al melodrama —’Culpa’, ‘Cuatro paredes’—, aquí despliega un talento cómico que desarma. Su personaje roza el arquetipo de la mujer astuta y experimentada que funciona como contrapunto al desconcierto masculino, pero Vellés no se limita a encarnar una fantasía de redención. Es una fuerza cómica que desnuda el absurdo de todo lo que la rodea.
Hay, además, una tristeza soterrada bajo la superficie brillante de la comedia. Algo que recuerda al tono que Carolina Bassecourt conseguía en ‘Cuánto me queda’, otro vodevil lacónico y amargo. Esa capa de melancolía no pesa, pero está ahí. Y le da al film un espesor que lo distingue del chiste fácil.
‘Ni contigo ni sin mí’ no reinventa nada. No pretende hacerlo. Lo que hace es reivindicar una tradición popular —el enredo, la puerta equivocada, el malentendido que se multiplica— con plena conciencia de sus mecanismos y una ejecución que rara vez pierde el pulso. María Ruiz firma un debut que sabe exactamente lo que quiere ser. Y eso, en la comedia española actual, ya es mucho.
