La película de David Pérez Sañudo llega al Festival de San Sebastián con una historia real que hiela la sangre, dos intérpretes enormes y una ejecución narrativa que no les hace justicia.

El Sacamantecas existió. No era solo el coco con el que se asustaba a los niños en el País Vasco. En el siglo XIX, en Álava, un hombre llamado Juan Díaz de Garayo violó, torturó, estranguló y evisceró al menos a seis mujeres y niñas de entre 13 y 55 años. La prensa lo bautizó así porque se decía que extraía la grasa de sus víctimas para fabricar ungüentos curativos. La leyenda tapó a las personas. Del monstruo nos acordamos todos. De ellas, nadie.
Esa es la tesis que Sañudo coloca en el centro de su película. Y es una buena tesis. La historia sigue a Ángela, hermana de una de las víctimas, Antonia Berrosteguieta, empeñada en encontrar al asesino mientras el juez intenta cerrar el caso cuanto antes. Un criminal que demuestra que las agresiones sexuales importaban poco a quienes debían perseguirlas. Y que a las mujeres que las sufrían no se las escuchaba. El paralelismo con el presente no hace falta subrayarlo. La película lo sabe y, en sus mejores momentos, deja que sea el espectador quien trace la línea.
Antonio de la Torre hace lo que mejor sabe hacer: coger un personaje lleno de contradicciones y exprimirlo hasta la última gota. Su Juan Díaz de Garayo es un campesino analfabeto que busca a su hijo reclutado por los carlistas y, al mismo tiempo, un depredador. De la Torre maneja esa dualidad con una precisión que da miedo. Patricia López Arnaiz, como Ángela, encarna a una mujer adelantada a su tiempo, decidida, segura de sí misma. Dos interpretaciones que están por encima de la película que las contiene.
Porque el problema de ‘Sacamantecas’ está en todo lo que rodea a sus protagonistas. Los diálogos suenan toscos. Los personajes secundarios funcionan como herramientas para explicar la falta de recursos del jefe de los alguaciles, no como personas. Y la persecución entre Ángela y Juan, que debería ser el motor de tensión del filme, no termina de apretar. La película, dividida en capítulos, sabe mostrar la decadencia de una época, pero se le da mal contarla con palabras.
Donde sí acierta Sañudo es con la cámara. El plano fijo y largo que presenta por primera vez a Garayo en acción es de esos que obligan a agarrarse al reposabrazos. Dura unos minutos y cada segundo pesa. Los espejos y los marcos de las puertas se usan como encuadre visual con criterio. Hay una batalla y una ejecución pública en el tramo final compuestas de forma imponente. El problema es lo que ocurre entre medias: Sañudo parece olvidarse de sus propias herramientas visuales durante buena parte del metraje y solo las recupera para el desenlace.
‘Sacamantecas’ es una película irregular. Tiene un arranque que golpea, un cierre que impone y dos actores que sostienen cualquier escena que les pongas delante. Pero no consigue pulir sus momentos emocionales, y su narrativa avanza a trompicones donde debería fluir con la amenaza constante de lo inevitable. El material daba para algo grande. Lo que queda es una obra con destellos potentes y demasiados huecos entre ellos. La leyenda del Sacamantecas lleva siglos viva. La película, por desgracia, no tiene ese mismo aliento.



