La película de Chema de la Peña reúne dos parejas, una piscina y todas las tensiones cruzadas que uno espera encontrar en ese escenario. El problema es que el guion de David Sueiro no hace nada por disimularlo.

La premisa es sencilla. Unos novios veinteañeros llegan a la casa de verano de los padres de él, que acaban de separarse. Sin aviso, aparece el padre con su nueva novia, una mujer atractiva y bastante más joven. A partir de ahí, el guion toma el camino más obvio: relaciones cruzadas, arrebatos sexuales y una incomodidad que flota en cada escena como el cloro de la piscina.
Lo que debería sostener el peso dramático —la relación rota entre padre e hijo, la llegada de la ex mujer, los reproches acumulados, el reparto de culpas y recuerdos— queda en segundo plano. La trama se distrae con un estallido pasional que se ve llegar desde lejos y que aparece casi sin justificación. Esa previsibilidad es el lastre principal de ‘Días de agosto’.
Hay personajes que cambian de registro con una facilidad que no convence. Caen en la vorágine sentimental y salen de ella como si nada hubiera ocurrido. Esa volubilidad resta peso a los conflictos que el guion intenta plantear. Los dramas de fondo están ahí, son visibles, pero llegan desgranados y sin la fuerza que necesitaban.
Lo mejor está en el reparto. Maggie Civantos y Roberto Álamo conocen las teclas que hay que pulsar para sugerir segundas y terceras intenciones. Son los que mejor funcionan en pantalla. Pau Simón y Berta Galo, en los papeles jóvenes, cumplen con solvencia. Pilar Castro e Isaac Dos Santos tienen menos material, pero envuelven bien a sus personajes con lo que el guion les da. El trabajo de casting es, probablemente, la decisión más acertada de toda la película.
‘Días de agosto’ tiene la casa, tiene la piscina, tiene a los actores adecuados y tiene un conflicto familiar con capas suficientes para dar juego. Pero elige pisar los charcos más evidentes en lugar de explorar el terreno que de verdad importaba.



