Mark Rydell, el cineasta que logró que Henry Fonda ganase el único Oscar de toda su carrera, ha fallecido a los 97 años. Con él se va un director que Hollywood nunca terminó de poner donde le correspondía.

Rydell dirigió apenas una decena de películas. Pocas, pero suficientes para acumular 26 nominaciones al Oscar repartidas entre sus distintos títulos. ‘La zorra’ (1967) abrió la puerta con una candidatura a mejor banda sonora. ‘Los rateros’ (1969), con Steve McQueen, sumó dos. ‘Permiso para amar hasta medianoche’ (1973), tres. ‘La rosa’ (1979), vagamente inspirada en la vida de Janis Joplin, cuatro. ‘Cuando el río crece’ (1984), cinco. ‘Ayer, hoy y siempre’ (1991), una más.
Y luego estaba ‘En el estanque dorado’. Diez nominaciones. Tres Oscar: mejor actor para Henry Fonda, mejor actriz para Katharine Hepburn —el cuarto de su carrera— y mejor guion adaptado. El propio Rydell competía por la estatuilla a mejor director, pero aquel año Warren Beatty se la llevó por ‘Rojos’. La película, un drama doloroso sobre el reencuentro entre un padre y una hija, tenía un componente que iba más allá de la ficción: Jane Fonda interpretaba a la hija. El 29 de marzo de 1982, fue ella quien subió al escenario a recoger el premio en nombre de su padre. Henry Fonda estaba demasiado enfermo. Cinco meses después, moría.
Eso convirtió ‘En el estanque dorado’ en algo más que una película. En la despedida de uno de los grandes actores del cine americano. Y a Rydell, en el hombre que hizo posible esa despedida.
Su talento no estaba en un estilo visual reconocible. Estaba en los actores. Bette Midler debutó en cine con ‘La rosa’ y obtuvo bajo su dirección sus dos únicas nominaciones al Oscar. Sissy Spacek fue candidata por ‘Cuando el río crece’. Rydell sabía sacar de un intérprete lo que otros no veían. Y eso, paradójicamente, lo condenó a quedar siempre en segundo plano. Sus actores ocupaban el centro. Él se quedaba detrás.
Antes de ponerse detrás de la cámara, había estado delante. Nacido en Nueva York, estudió música y filosofía antes de pasar por Juilliard y descubrir que lo suyo era actuar. Su primer papel cinematográfico llegó en ‘Crimen en las calles’ (1956), de Don Siegel. Aunque la dirección se convirtió en su oficio principal, nunca abandonó del todo la interpretación. Dos apariciones se recuerdan especialmente: el mafioso violento y extravagante que planta cara a Philip Marlowe en ‘El largo adiós’ (1973), de Robert Altman, y el agente leal y pintoresco del personaje de Woody Allen en ‘Un final made in Hollywood’ (2002).
Llevaba dos décadas alejado de los platós. Su última película como director fue ‘Even Money’ (2006). Estos días se le ha recordado, sí, pero sobre todo como una nota al pie en la historia de Henry Fonda. Merece más que eso. Porque detrás de aquel Oscar, de aquella interpretación que cerró una carrera legendaria, había un director que sabía exactamente lo que hacía y al que el cine nunca devolvió lo que él le dio.



