Salvador Calvo lleva el salto Base con traje de alas al cine español en ‘La Fiera’, una película que deslumbra en el aire y se queda corta en tierra firme. Las secuencias de vuelo funcionan. El resto no termina de despegar.

El director de Adú se mete esta vez en el mundo de un grupo de amigos pioneros del salto Base en España. Carlos, Darío y Armando viven para eso. El salto lo ocupa todo: la fraternidad, la celebración, la descarga física. Lo que queda fuera —parejas, familia, rutina— apenas consigue respirar.
Y ahí está el problema. Los conflictos personales aparecen como apuntes al margen. Un emprendimiento gastronómico que no funciona, una separación, tensiones familiares. Todo esbozado, nada desarrollado. Calvo y el guionista Alejandro Hernández los colocan en el relato, pero ninguno llega a modificar el rumbo de los personajes. Son decorado, no motor.
Donde la película se sostiene de verdad es en el plano técnico. Las secuencias rodadas en los Mallos de Riglos y en paisajes de Suiza transmiten velocidad, vacío y peligro sin recurrir al adorno. La cámara acompaña el movimiento con limpieza. La música, con raíces flamencas, ancla el conjunto en algo propio. Se agradece.
El compromiso físico de Miguel Ángel Silvestre, Carlos Cuevas y Miguel Bernardeau es visible y da credibilidad a las escenas deportivas. Nadie finge estar ahí arriba. Pero cuando toca bajar al suelo y hablar, la película pierde fuelle. Los tres merecían más texto, más contradicción, más desgarro interior.
Hay un dato que atraviesa todo el film y que resulta imposible ignorar. Carlos Suárez, referente real del grupo y doble de riesgo de la película, murió durante el rodaje. Esa ausencia resignifica muchas de las imágenes que aparecen en pantalla. La llamada «Fatality List», que contabiliza cada año a quienes pierden la vida en esta práctica, introduce una sombra que el relato utiliza pero que quizá merecía un tratamiento más hondo.
‘La Fiera’ se parece más a un documental recreado que a un drama con personajes de carne y hueso. Logra que entiendas la adicción al vuelo y el sentido de comunidad que genera. No logra que entiendas del todo a quienes saltan. El asombro visual es real, pero se agota si no hay una historia debajo que lo sostenga. Calvo ha construido una experiencia que impacta en los ojos y respeta a las figuras que retrata. Le falta el paso que convierte el espectáculo en algo que te lleves a casa.



