Gabriel Azorín explica cómo unas ruinas romanas dieron vida a ‘Anoche conquisté Tebas’

El director debuta en el largometraje con una película nacida en unas termas del siglo I, estrenada en la Giornate degli Autori de Venecia y ahora en camino a las salas españolas.

Todo empezó con un baño. Una tarde de invierno de 2017, Gabriel Azorín visitó los Baños de Bande, unas ruinas de termas romanas construidas por soldados a finales del siglo I. Sin luz eléctrica, metido en una bañera con forma de sarcófago, hizo lo único que podía hacer: levantar la cabeza y mirar al cielo. «Tuve muchísima suerte porque me encontré con un cielo estrellado increíble, y en ese momento me dio por pensar la cantidad de gente que habría hecho ese gesto tan sencillo en los dos mil años de existencia de aquel lugar», ha contado en una entrevista a propósito del estreno en cines de ‘Anoche conquisté Tebas’.

La imagen se quedó ahí, latiendo. Pero la idea cinematográfica tardó dos años en llegar. Fue durante su paso por la Elías Querejeta Zine Eskola de San Sebastián, cuando Azorín se obsesionó con una pregunta concreta: cómo un plano puede mostrar las diferentes capas de tiempo que habitan un lugar. Investigó el cine de Margarida Cordeiro y António Reis, sus estratigrafías, y entonces las termas volvieron a su cabeza.

Regresó a Bande con dos amigos y una cámara muy pequeña, muy sensible, capaz de ver más que el ojo humano. Grabaron a tres chicos bañándose en oscuridad absoluta. Al revisar el material, la revelación fue inmediata: si les quitabas los bañadores de piñas y los móviles, era imposible saber si esas imágenes tenían días, siglos o milenios. «Nos dimos cuenta que habíamos rodado imágenes sin tiempo, y esa revelación nos dio a entender que ahí había una idea cinematográfica», ha explicado Azorín.

Esa idea vertebra toda la película. ‘Anoche conquisté Tebas’ arranca con unos chicos vestidos de forma contemporánea que atraviesan un lugar y parecen hablar sobre una guerra, o sobre una batalla. O quizá sobre otra cosa. Los diálogos buscan deliberadamente ese extrañamiento. «Allí ya hay diferentes capas temporales», reconoce el director, que quería que el espectador no supiera en qué momento histórico se encontraba. La ambigüedad no es un fallo. Es el mecanismo.

Azorín describe la primera parte del film con una comparación inesperada: la estructura de un videojuego, donde los personajes van «pasando pantallas». El juego del que hablan en la película es inventado, pero las referencias son reales. Age of Empires, Red Dead Redemption 2 y, sobre todo, The Legend of Zelda, una saga que el director ha jugado desde la Super Nintendo. Estrategia, mundo abierto y exploración. No es difícil ver el eco de esas mecánicas en cómo se mueven los personajes por las ruinas.

La segunda mitad cambia de registro. Las conversaciones dejan de ser un juego de capas y se convierten en algo más expuesto. «Cumplen la función de apoyo para que estos chicos se digan las cosas que yo no me he atrevido a decirme con mis amigos», ha admitido Azorín. Un limbo donde mostrar vulnerabilidad, donde ser honesto, donde el tiempo parece detenerse. El director tiene claro qué tipo de espectador le interesa: no el detective que necesita saber qué pasará después, sino el que acepta dejarse habitar por lo que está viendo.

‘Anoche conquisté Tebas’ es la ópera prima de un cineasta que hasta ahora era conocido como actor. Su paso por Venecia, seleccionada en la Giornate degli Autori, ya colocó la película en un mapa que pocas primeras obras españolas pisan. Ahora llega a las salas con la misma pregunta que Azorín se hizo aquella noche de 2017, solo en una bañera de piedra con dos mil años de historia: cuántas miradas habrán compartido ese mismo cielo. La diferencia es que esta vez hay una cámara para intentar atraparlas.

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