Casi cuatro décadas después de su estreno, la ópera prima de Ana Díez vuelve al Festival de San Sebastián dentro de la sección Klasikoak. La cineasta recibirá además el Premio de la Filmoteca Vasca por el conjunto de su carrera.

‘Ander eta Yul’ nació en 1988 con una ambición concreta. Díez quería hablar de dos realidades que arrasaban a su generación en Euskadi: la militancia en ETA y la heroína. «Durante las dos últimas décadas del siglo XX muchos jóvenes murieron por sobredosis y otros creían en la transformación social ejecutando penas de muerte sin juicio», recuerda la directora. La película le valió el Goya a la Mejor Dirección Novel. Ahora regresa restaurada, con Díez supervisando personalmente el proceso plano a plano.
La historia parte de un seminario donde dos adolescentes comparten habitación, enseñanza y comedor. Después, cada uno toma un camino opuesto. Ander sobrevive del trapicheo y sale de la cárcel sin encontrar su lugar en el mundo. Yul pertenece a un comando legal de ETA y no se atreve a cuestionar las órdenes que recibe. Los dos, a su manera, son capaces de provocar la muerte de otros. Entre ellos, Sara, una pintora que convierte los días en sombras oscuras que dibuja en la noche.
Díez describe la relación entre los protagonistas como una «hermandad cainita» que se precipita hacia el abismo. Sara, en cambio, decide alejarse de ese mundo en busca de otra luz. Escribe «Udan hemen» con la esperanza de que, si vuelve, todo haya cambiado. Una frase que condensa el tono de toda la película.
El reencuentro con el material no fue sencillo. Díez ha contado que la primera proyección de la copia restaurada en Bolonia le devolvió exactamente la misma tensión que sintió en 1988. «Una mezcla de sensaciones contradictorias, como si los personajes que se movían por los encuadres tuvieran existencia propia», explica. Se preguntó si los había retratado como eran, si faltaba alguna secuencia. Meses después, tras varias proyecciones durante el proceso, concluye que las decisiones dramáticas y de puesta en escena fueron las correctas.
La propuesta original vino del productor Ángel Amigo, con quien Díez había trabajado en equipos técnicos. Fue él quien le ofreció dirigir. Ella tenía claro el tema. Lo que no podía imaginar es que esa película seguiría reptando —su propia metáfora— casi cuarenta años después. «Mientras haya un espectador dispuesto a dirigir su mirada a una obra, sea de ahora o de hace 40 o 100 años, se genera una forma más o menos latente de renacimiento», afirma.
Sobre el Premio de la Filmoteca Vasca, Díez lo recibe con gratitud pero también con una lectura práctica. Para ella, la palabra reconocimiento lleva dentro la posibilidad de atraer nuevos espectadores a trabajos que concibió como «una carta abierta al posible público». No le corresponde negarse esa posibilidad, dice. Solo disfrutarla.
‘Ander eta Yul’ habla de un tiempo concreto, pero sus ecos no se apagan del todo. La propia Díez lo resume mejor que nadie: la película «interpreta conflictos vivos en aquel momento en Euskadi y, querámoslo o no, en otros mundos». Esa frase, dicha en 2026, pesa más de lo que parece.



