‘Yo no moriré de amor’: una Biznaga de Oro que mira sin subrayar

La ópera prima de Marta Matute, ganadora de la Biznaga de Oro en el 29 Festival de Málaga, ya está disponible en plataformas de streaming con una propuesta visual que renuncia al artificio para convertir la cámara en un acto de escucha.

Hay películas que eligen gritar el dolor y otras que se sientan a su lado. ‘Yo no moriré de amor’ pertenece al segundo grupo. La historia sigue el deterioro de una madre a través de la mirada de su hija, Claudia, y lo hace con una contención que desarma precisamente porque nunca busca el golpe fácil. Matute habla del dolor, como señala su directora de fotografía Sara Gallego Grau, «sin hacer ningún tipo de exhibicionismo».

Gallego Grau y Matute se conocieron en 2022 rodando el cortometraje ‘Una amiga’. Aquella primera colaboración bastó para que la directora de fotografía identificara algo que no siempre aparece junto: sensibilidad y capacidad para trabajar con actores. «Fue un descubrimiento muy bonito conocerla, conectar con las historias que quería contar y verla trabajar con los actores», recuerda. Cuando leyó el guion del largo, la reacción fue visceral: «Lloré mucho leyendo el guion, me removió entera».

El naturalismo de la película bebe de los hermanos Dardenne, pero le suma una capa de ternura incómoda que conecta con cineastas como Andrea Arnold o Maren Ade. Películas como ‘Bird’ o ‘Toni Erdman’ sirvieron de referencia para encontrar esa mezcla de tonos. En lo técnico, la elección de la ARRI Alexa 35 con ópticas Kowa Cine Prominar esféricas responde a una decisión consciente: huir de la nitidez digital. «Son muy cariñosas con las pieles y muy alejadas de un look digital y definido», explica Gallego Grau. El formato 1.66 refuerza esa conexión con lo fotoquímico, y un etalonaje final realizado en Bélgica potenció el grano, los claroscuros y las dominantes frías y verdosas.

La película construye dos universos. La casa de Claudia es un espacio que muchos reconocerán: gotelé, muebles de madera a medida, ventanas con vistas a las terrazas de los vecinos. Un pasillo largo donde cada miembro de la familia tiene su parcela. A medida que la enfermedad avanza y ocupa más espacio, la parcela de Claudia se reduce. La cámara lo traduce observando a través de puertas y pasillos, apretando la asfixia sin necesidad de subrayarla. El exterior —los amigos, la pareja, el bar— no funciona como escapatoria. La luz se vuelve más luminosa, sí, pero la cámara permanece cerca, insistiendo en esa sensación de no poder vivir con libertad la propia vida.

Hay una evolución visual que vertebra todo el relato. Al principio, los encuadres se cierran casi exclusivamente sobre Claudia, excluyendo al resto. Progresivamente, los planos se abren para integrar a la familia. El mundo de la protagonista se expande a medida que aprende a mirar y a comprender a los otros. No es solo narrativa: es fotografía haciendo dramaturgia.

Las escenas más difíciles fueron las rodadas en espacios diminutos. En el baño, donde la hija cambia el pañal a su madre, la directora de fotografía tuvo que lidiar con espejos, tres personas detrás de la cámara y solo dos tiros útiles para montar. «Recuerdo ensayar mucho las posiciones de forma mecánica antes de que las actrices entraran de pleno en sus personajes», cuenta Gallego Grau. La restricción se convirtió en motor creativo. El trabajo de iluminación, desarrollado junto a la gaffer Andrea Sánchez, perseguía exactamente eso: «No hacerse notar sin perder la belleza».

‘Yo no moriré de amor’ no es una película sobre la enfermedad. Es una película sobre lo que le pasa a quien cuida. Y su mayor acierto está en haber encontrado una imagen que no explica ni decora, sino que acompaña. La Biznaga de Oro no premió un gesto grandilocuente. Premió una mirada que sabe quedarse quieta.

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