Isabel Coixet adapta la novela póstuma de Michela Murgia en una película rodada en 35 mm que encuentra su fuerza en los silencios, en los gestos mínimos y en una Alba Rohrwacher que sostiene cada plano con una serenidad devastadora.

La premisa arranca donde muchas películas terminan. Marta es profesora, vive en Roma, tiene una relación estable con Antonio. Una discusión doméstica, una más, se convierte en la última. No hay gritos ni portazos. Solo algo que se rompe sin hacer ruido. Y justo después, un diagnóstico terminal que lo reordena todo. Coixet no necesita más para poner en marcha lo que de verdad le interesa: filmar cómo alguien aprende a irse.
‘Tres adioses’ inauguró la 69ª Seminci y pasó antes por Toronto. Es una coproducción italo-española que respira cine europeo por cada fotograma. Roma filmada en 35 mm, con una luz cálida y melancólica que convierte las calles en el escenario perfecto para una historia que habla de finitud sin levantar la voz.
El último tramo de la película es lo mejor que ha hecho Coixet en años. Los diálogos desaparecen. Quedan miradas, gestos, la cámara pegada a Rohrwacher mientras su personaje pasa de la angustia a la aceptación. Ese tránsito interior, filmado sin subrayados ni violines, tiene una verdad que se clava. Elio Germano aporta el reverso: un hombre que no entiende la pérdida, que no sabe qué hacer con ella. Francesco Carril aparece desde los márgenes con una empatía cotidiana que funciona como contrapeso.
Hay un problema, y no es menor. El guion introduce la fascinación de Marta por un ídolo ficticio del K-pop. En la novela de Michela Murgia servía como vía de introspección. Aquí se siente como un cuerpo extraño. Rompe el clima emocional que Coixet ha construido con paciencia y resta potencia simbólica al conjunto. Es una decisión que no encaja, y cada vez que aparece se nota.
Coixet no reinventa nada. No hace falta. Lo que hace es observar. Y lo hace con un pulso que solo tienen quienes llevan décadas mirando de cerca a sus personajes. ‘Tres adioses’ no busca el golpe emocional fácil. Prefiere la quietud. Y en esa quietud hay una pregunta que recorre toda la película: cómo se vive cuando ya sabes cómo termina la historia.
La película funciona también como despedida doble. Murgia murió en 2023. Su novela póstuma encuentra aquí una traducción visual que, pese al tropiezo del K-pop, conserva lo esencial: la dignidad de quien se va y el desconcierto de quienes se quedan. Coixet filma eso con la sencillez de quien sabe que a veces lo más difícil es no añadir nada.



