Yuval Abraham y Rachel Szor, la mitad israelí del equipo detrás de ‘No Other Land’, presentan en Venecia 80 minutos que desnudan desde dentro la maquinaria de destrucción de su propio Estado. Lo que han filmado no admite matices. Es demoledor.

Veinticuatro militares, expertos en inteligencia y empleados del Estado israelí hablan a cámara con el rostro velado. No se confiesan. No piden perdón. Simplemente cuentan lo que han hecho. Uno describe cómo, para acabar con un supuesto terrorista, se asesinó en la misma acción a 500 personas que nada tenían que ver con el objetivo. Es solo un ejemplo de los muchos que desgranan con una frialdad que perfora la pantalla.
Todo ocurre en una azotea de Tel-Aviv, «desde donde se puede ver sin ser visto». De noche. En silencio. Al fondo, las vidas acristaladas y anónimas del pueblo de Israel. De tanto en tanto, una sirena antiaérea interrumpe la conversación. Nadie se inmuta demasiado.
La película explica cómo el sistema de inteligencia artificial Lavender fija objetivos cuando las personas buscadas están en casa. Dos palabras cruzadas en una conversación cualquiera —«casa» y «papá»— bastan para determinar la diana. Un soldado recuerda que la bomba cayó cuando las hijas estaban solas. El padre se había dejado el teléfono olvidado. Otro reconstruye cómo usó las fotos almacenadas en un móvil para decidir dónde disparar. «Era un selfi desde el balcón de la casa», dice. Otro más se felicita por lo útil que resulta escuchar en una conversación ajena una frase tan corriente como «¿Dónde está papá?».
Lo que ‘Naza’ hace con esos testimonios es algo que muy pocas películas consiguen. No dramatiza. No subraya. Deja que el horror hable solo y que los silencios entre frase y frase pesen más que cualquier imagen de archivo. Es una película en la que no se para de hablar y, sin embargo, toda su fuerza reside en lo que calla.
En la segunda mitad, los entrevistados se enfrentan a algo parecido a sus propios demonios morales. Uno admite lo divertido que puede llegar a ser su trabajo y lo compara con jugar a un videojuego en una habitación con aire acondicionado. Otro no reconoce más culpa que la de cualquier funcionario público en su puesto. Y el último lo dinamita todo: «Viajé a Polonia para ver un campo de exterminio e intentar entender algo. Ahora lo comprendo». La comparación desnuda universos de culpa. En un momento dado, al fondo, se ve que la Cineteca israelí proyecta ‘Shoah’, la obra maestra de Claude Lanzmann sobre el Holocausto. El eco es insoportable.
«Todo empezó cuando Rachel y yo vimos cómo nuestro gobierno y buena parte de la sociedad israelí empezaban a hablar de la gente de Gaza con un lenguaje genocida, afirmando que allí no había inocentes, que todos merecían morir», explica Yuval. El resultado es un trabajo de tres años, desde 2023 hasta ahora mismo. ‘Naza’, por cierto, es la palabra que el Estado israelí utiliza como eufemismo para referirse a los daños colaterales. 73.000 personas. Daños colaterales.
Tras ‘No Other Land’, que conmocionó en 2024 y acabó llevándose el Oscar, Abraham y Szor cambian de trinchera pero no de mirada. Si aquella película definía con precisión quirúrgica cómo un sistema destruye viviendas y desplaza población, ‘Naza’ hace lo mismo desde el otro lado. Desde las entrañas del aparato que aprieta el botón. De noche. En silencio. Y con aire acondicionado.


