‘La esposa perfecta’, dirigida por Ben Shirinian y presentada en el Festival de San Sebastián 2026, es un drama con alma de ‘thriller’ basado en hechos reales que funciona mejor cuanto menos sepas antes de sentarte a verla. Naomi Watts interpreta a Hermine, un ama de casa de Queens en 1964 que encarna todo lo que se esperaba de una mujer de su época. Demasiado todo, en realidad.

Hermine cocina, limpia, viste como debe y participa en la iglesia del barrio. Cuando su marido llega del trabajo, la mesa está puesta y la cena lista. La perfección como fachada. Y como trampa.
En paralelo, un periodista del New York Times, al que da vida Tye Sheridan, investiga la presencia de un oficial nazi en Nueva York. La conexión entre ambas líneas se revela al final de la primera media hora, y ahí la película hace ventosa. Engancha de verdad. Contar más sería hacerle un flaco favor a una historia que gana enteros cuando el espectador llega sin mapa.
Watts está fantástica. Su Hermine tiene una dualidad que la actriz exprime con contención, sin subrayar nada. Ser comedida es parte del personaje y de la interpretación. Hay algún estallido emocional que roza el cliché narrativo, pero Watts lo maneja con oficio suficiente para que no chirríe. El problema está alrededor: el resto del reparto no consigue estar a su altura, y eso se nota.
Shirinian juega bien sus cartas. La película tenía todos los ingredientes para quedarse en telefilme de sobremesa, pero la forma en que dosifica la información la salva de ese destino. En su primera mitad, consigue que la imagen que el espectador construye de Hermine sea exactamente la misma que percibe el personaje de Sheridan. Eso planta dudas incluso cuando ya no debería haberlas. Es un truco sencillo, pero eficaz.
Donde la cosa flaquea es en la recta final. La película no sabe hacer justicia a la potencia del suceso real que cuenta. Llega al desenlace con menos fuerza de la que acumula durante el camino, como si le faltase un último golpe de timón que nunca termina de dar.
Aun así, ‘La esposa perfecta’ deja poso. Es un ‘thriller’ ameno y modesto que planta la semilla de la desconfianza desde el primer fotograma y la riega con paciencia hasta el final. No pide mucho, pero tampoco engaña. O sí, pero de la manera correcta.



