Naomi Watts recoge el Premio Donostia en San Sebastián mientras presenta ‘La esposa perfecta’, de Ben Shirinian, donde interpreta a Hermine Braunsteiner, la primera ciudadana estadounidense deportada por ocultar su pasado como criminal de guerra nazi.

La actriz no esconde que intentó librarse del papel. Varias veces. «Confieso que intenté librarme del papel muchas veces. Pero, al final, pensé que el miedo que sentía era algo poderoso», reconoce. Ese miedo, dice, fue precisamente lo que la empujó a aceptar. No la curiosidad morbosa ni el reto interpretativo. El miedo puro.
Su punto de partida es incómodo y lo formula sin rodeos: «El verdadero horror no reside en lo que nos diferencia de un monstruo, de un nazi, sino en nuestras similitudes con él». Esa es, según Watts, la labor del actor. Acercarse a lo imperdonable buscando lo que nos une, pero sin perdonar nada. Sobre Braunsteiner no tiene duda: «Jamás mostró arrepentimiento. Seguía creyendo hasta el final en que lo que hizo estaba bien».
El trabajo la persiguió fuera del set. «Adentrarse en la mentalidad del nazismo te deja tocada», admite. «Cierras la puerta de casa, giras la llave y no te puedes liberar. El personaje te persigue y viene a visitarte por la noche». Leyó todo lo que encontró sobre Braunsteiner y sobre gente como ella. Dice que te afecta. Que no se queda en el rodaje.
Preguntada por las conexiones entre la deportación que narra la película y las acciones actuales del ICE en Estados Unidos, Watts frena en seco. «Prefiero no hacer paralelismos. Ella fue deportada porque cometió crímenes de guerra atroces. No es lo mismo que las atrocidades que ahora mismo está cometiendo el ICE. Para nada». Lo que sí señala es algo más amplio: «El odio, así en general, está más presente en la sociedad que nunca antes. Vivimos un tiempo de división global. Son tiempos que dan pánico».
Hay algo que atraviesa toda la conversación y que va más allá de ‘La esposa perfecta’. Watts se reconoce como outsider. Lo dice con naturalidad, sin pose. Nació en Reino Unido, creció en Australia, adquirió su estatus de estrella en Hollywood con ‘Mulholland Drive’ de David Lynch en 2001. Dos nominaciones al Oscar —una de ellas por ‘Lo imposible’ de Bayona—, una resistencia activa al universo Marvel y una filmografía construida sobre personajes que esconden algo. «Nadie es en verdad una sola persona. Tenemos muchas facetas y podemos ser muchas cosas», dice, atribuyendo a Lynch haberla preparado para explorar esa dualidad.
Cuando le preguntan por su identidad, por esa etiqueta de actriz inclasificable que no es del todo inglesa ni australiana ni estadounidense, Watts tira del hilo hasta la raíz. Una infancia sin privilegios, una madre sacando adelante a la familia tras la muerte de su padre, colegios distintos cada año. «Fuera donde fuera, siempre me he sentido una extranjera. Gran parte de todo lo que he hecho en mi vida ha consistido en buscar la manera de integrarme en un ambiente al que no pertenecía». Y remata con algo que suena a confesión involuntaria: si uno repasa su filmografía, casi todo gira alrededor de dos temas. El duelo o la identidad. Ni siquiera fue algo planificado.
San Sebastián le entrega un premio a toda su carrera. Watts llega con una película que le obligó a mirar de frente lo peor del ser humano y con una honestidad sobre sí misma que no suena a discurso ensayado. Suena a alguien que lleva décadas sin pertenecer a ningún sitio y que ha hecho de eso su mejor herramienta.



