Hirokazu Koreeda ha estrenado en la Sección Oficial de Cannes 2026 una película sobre una familia que recibe un robot humanoide idéntico a su hijo muerto. ‘Kakeru’ es ciencia ficción, sí, pero sobre todo es Koreeda haciendo lo que mejor sabe hacer: mirar el dolor doméstico sin apartar los ojos.

La premisa parte de un escenario que ya no suena tan lejano. Una pareja, Otone (Haruka Ayase) y Kensuke Komoto (Daigo), pierde a su hijo Kakeru. Una empresa les ofrece un humanoide de silicona y cerámica que es una copia exacta del niño. Lo abrazan. Le hablan. Lo miran buscando algo que ya no está. Rimu Kuwaki da vida a ese Kakeru que es y no es.
La película conecta directamente con un fenómeno real. Los llamados ‘griefbots’ o ‘deathbots’ son modelos de inteligencia artificial que ya permiten seguir hablando con personas fallecidas. Empresas que recogen mensajes, fotos, vídeos y datos del muerto para fabricar una réplica conversacional. Koreeda coge esa idea y la lleva un paso más allá: no es un chat, es un cuerpo.
Durante la primera hora, el director se mueve en territorio conocido. Las interacciones entre los padres y el humanoide tienen el pulso emocional que se espera de quien filmó ‘Un asunto de familia’. La duda de si ese robot encarna de verdad al niño alivia y destroza a partes iguales. Ahí está lo mejor de la película.
El problema llega cuando ‘Kakeru’ abre una trama paralela. El humanoide empieza a cobrar consciencia de su propia individualidad y se une a otros robots en busca de un hogar. Esa línea resta ritmo. La película se demora más de una hora antes de encarar de frente lo que quiere decir. Cuando por fin lo hace, Koreeda recupera la sencillez y la belleza, pero el camino hasta ahí se siente largo.
Hay una frase que resume toda la película. «Quien estaba en la caja era yo y no tú», le dice Otone al humanoide, refiriéndose a las fotos, vídeos y dibujos que ella envió a la empresa para construir la réplica. Material que ella eligió. Recuerdos que dicen más de la madre que del hijo. Los ‘deathbots’, en el fondo, no recrean al muerto. Recrean la versión que el vivo necesita.
Koreeda no se anda con rodeos en su conclusión. ¿A quién pertenecen los muertos? A sí mismos, a sus huesos y a sus cenizas. Todo lo demás son recuerdos, interpretaciones, sueños. Y solo los vivos sueñan. La tecnología invita a esquivar el duelo, pero esa huida, como descubren Otone y Kensuke, no lleva a ningún sitio. La muerte es definitiva. Ningún algoritmo puede borrar eso.
La música corre a cargo de Taku Matsushiba y la fotografía es de Ryûto Kondô. Producen Gaga Communications, Toho Studios y AOI Pro. El reparto lo completa Kimiko Yo.
Lo que deja ‘Kakeru’ no es una respuesta limpia ni una moraleja sobre los peligros de la inteligencia artificial. Es algo más incómodo: la certeza de que el dolor no tiene atajo y de que, después de la devastación, todavía queda vida. Para los padres que aprenden a soltar y para los humanoides que nacen de esa muerte. Koreeda no necesita efectos ni distopías para inquietar. Le basta con una familia rota y una pregunta que nadie quiere hacerse.



