Olivia Wilde convierte la obra de Cesc Gay en una comedia afilada, divertida y sorprendentemente honesta sobre el deseo, la frustración y todo lo que una pareja calla hasta que deja de callarlo. Se estrena el 16 de octubre.

Nadie habría apostado por este camino. ‘Sentimental’, la película de Cesc Gay basada en su propia obra teatral ‘Los vecinos de arriba’, ha acabado convertida en la ficción española más versionada de los últimos años. Adaptaciones en medio mundo hasta llegar a Hollywood. Y lo que llega desde allí no es un simple calco con acento americano.
‘La invitación’ funciona. Funciona porque Olivia Wilde entiende que el material original no es una comedia de enredo al uso, sino un bisturí disfrazado de cena entre vecinos. El guion de Rashida Jones y Will McCormack respeta el esqueleto de lo que escribió Gay y, al mismo tiempo, expande las grietas emocionales de los personajes, especialmente en lo que toca al deseo femenino y a las inseguridades que se esconden detrás de la perfección aparente.
La premisa sigue siendo la misma. Una pareja estancada —Angela y Joe, ella perfeccionista compulsiva, él músico frustrado que nunca despegó— invita a cenar a los vecinos de arriba. Pina y Hawk llegan desinhibidos, libres, provocadores. Lo que empieza como una velada incómoda termina en una propuesta que nadie esperaba: un intercambio de parejas. Primero, estupefacción. Después, un interés que ninguno quiere admitir.
Wilde imprime un ritmo de screwball comedy que convierte los diálogos en ráfagas. Los cuatro actores disparan réplicas como si cada frase fuera la última oportunidad de decir la verdad. Seth Rogen encuentra en Joe un registro que le queda como un guante: el tipo que usa el humor para no mirar lo que tiene delante. Edward Norton compone un Hawk magnético, ese vecino que parece tenerlo todo resuelto hasta que descubres que no.
Pero el centro de gravedad es Penélope Cruz. Su Pina es una fuerza de la naturaleza. Libre sin ser caricatura, seductora sin caer en el cliché, capaz de desmontar una escena entera con un gesto o con una pausa. Cruz domina cada plano en el que aparece y eleva el conjunto a otro nivel. No es exagerado decir que este papel podría acercarla de nuevo a la conversación del Oscar.
Lo más inteligente de ‘La invitación’ es cómo utiliza el sexo como excusa para hablar de todo lo demás. La incomodidad de esa cena, la falsa cordialidad, los reproches que salen disfrazados de bromas. 108 minutos en los que la risa y la tristeza se alternan sin previo aviso, con una precisión de relojero en el tono que no es nada fácil de conseguir.
El riesgo estaba claro desde el principio: que se viera como un remake más. Otra versión innecesaria de algo que ya funcionaba en español. Pero Wilde esquiva esa trampa porque no intenta copiar a Gay, sino conversar con él. Le da otra textura, otro acento emocional, y deja que sus actores hagan el resto.
‘La invitación’ llega a los cines el 16 de octubre. Es una comedia que corta. Y lo mejor es que no te das cuenta del tajo hasta que ya te ha dejado marca.



