‘La invitación’: la música que alguna vez enamoró

Olivia Wilde toma ‘Sentimental’ de Cesc Gay, la desmonta pieza a pieza y construye algo más grande. Su remake no solo funciona: supera al original en todos los frentes.

Hay remakes que existen por contrato y remakes que existen porque alguien vio en el material algo que la primera versión no llegó a tocar. ‘La invitación’ pertenece a la segunda categoría. Olivia Wilde coge la premisa de la película española —dos parejas, una casa, una noche, mucha tensión sexual— y decide ir más lejos. Donde Cesc Gay se quedaba corto en el tramo dramático final, ella profundiza.

El cambio de enfoque es claro. La original retrataba las diferencias entre una pareja sexualmente abierta y otra más convencional. Wilde opta por algo distinto: un retrato del amor moderno en la crisis de los cuarenta. La pasión que se apaga. La convivencia que se vuelve inercia. La represión sexual de parejas que llevan demasiado tiempo sin mirarse de verdad.

Como directora, Wilde demuestra un dominio notable del espacio. Rueda en formato analógico y convierte esa casa en un escenario donde la cámara se acerca y se aleja al ritmo de los personajes. La intimidad se construye con movimiento, no con subrayados.

Los cuatro actores sostienen la función con una naturalidad que desarma. Wilde interpreta a una mujer neurótica e insegura. Edward Norton está carismático y divertidísimo en un papel tranquilo y seguro de sí mismo. Penélope Cruz aporta un juego brillante con el intercambio de idiomas que da frescura a cada escena. Pero quien más brilla es Seth Rogen. Su trabajo aquí, junto a ‘The Studio’, representa lo mejor de su carrera. Rogen añade una complejidad y una humanidad al personaje que Javier Cámara encarnó en la original. Tiene los diálogos que provocan las mayores carcajadas y algunos de los momentos dramáticos más efectivos de toda la película.

El guion de Will McCormack y Rashida Jones es inteligente de verdad. Diálogos dinámicos, ingeniosos, con un control del tono que sabe pasar de la comedia al drama a través de la palabra. Hay un pero: el primer tercio abusa de la música para generar una intensidad que los propios diálogos ya conseguían solos. Afortunadamente, esa muleta desaparece conforme la película se vuelve más íntima.

Y luego está el plano final. El marido malhumorado es músico, un detalle que el remake aprovecha mejor que la original para explorar al personaje y su relación rota. La película abre con una secuencia hermosa que muestra el inicio del romance. A lo largo del metraje, reflexiona sobre las decepciones de una vida adulta en la que uno fracasó como artista. Y al final, tras una noche que se ha vuelto cada vez más incómoda, solo hacen falta las teclas de un piano. La música que enamoró vuelve a sonar. Un plano que se acerca despacio. Y uno recuerda, sin necesidad de palabras, por qué se enamoró de esa persona.

‘La invitación’ pasó por Sundance y llegó a la Sección Perlak del Festival de San Sebastián. Es elegante en su dirección, afilada en su escritura y poderosa en sus interpretaciones. Uno de esos casos extraños en los que el remake no solo justifica su existencia, sino que hace que vuelvas a mirar el original con otros ojos.

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