La ópera prima de Jaime Lorente como guionista y director arranca con un primer acto genuino y emocionante, pero pega un salto en el tiempo que la convierte en una película completamente distinta y mucho más anodina.

Hay algo doloroso en ver cómo una película se desmonta a sí misma. ‘El mal hijo’ empieza siendo una historia pequeña, sentida, sobre un niño abandonado por su padre que aprende a querer a su abuela. Las escenas tienen verdad. Tienen pulso. Y entonces la cinta decide que eso no basta.
El salto temporal lo cambia todo. Rubén crece, y con él crecen los lugares comunes. La trama gira hacia el tráfico de drogas y las mafias organizadas. Los sentimientos que movían la película en sus primeros compases pasan a un segundo plano, como si al propio Lorente se le hubiera agotado la paciencia con su propia historia.
Lo frustrante es que los buenos momentos existen. Rubén preguntando por qué no hay fotos suyas. La ceremonia prohibida vista con la puerta entreabierta. Las confesiones de dos niños, bici en mano, en el anochecer de Murcia. Esas escenas tienen algo que no se puede fabricar. Pero la película las abandona para meterse en una huida contrarreloj a la que le falta tensión real.
Hay una contradicción que define ‘El mal hijo’: quiere tener un ADN puramente español, pero no renuncia a las pistolas, las drogas experimentales, los animales criados para pelear y las palizas. Al intentar abarcarlo todo, se extirpa lo genuino que llevaba dentro. Ni Murcia parece Murcia —se rodó en gran parte en Gran Canaria—, ni los personajes pasan de ser caricaturas, ni las situaciones dramáticas, de tan forzadas, logran otra cosa que convertirse en pantomimas.
Lorente no hace mal trabajo detrás de la cámara. Hay planos bien pensados y algún destello visual entre la indiferencia general. Lo que le ha faltado es contar algo suyo de verdad, algo que le quemara por dentro, en lugar de calcar escenas de cine negro y thriller con papel cebolla sin saber cómo darles vida propia.
No todos los actores que dan el salto a la dirección aciertan a la primera. Paco León lo hizo. Lorente, de momento, no. ‘El mal hijo’ no es una película que provoque rechazo. Provoca algo peor: una indiferencia adormecida y desesperante. Exactamente lo contrario de lo que cualquier director novel necesita en su debut.



