Diego Luna adapta la novela de Brenda Navarro y firma una de las películas más humanas del año, aunque su tercer acto le juega una mala pasada que no termina de encajar con todo lo construido antes.

La novela de Brenda Navarro, publicada en 2022 por Sexto Piso, pegó fuerte. Hablaba de migración, desigualdad, duelo y relaciones familiares con una honestidad que dejaba poco margen para mirar hacia otro lado. Que fuera Diego Luna quien decidiera llevarla al cine tiene sentido. Y lo que ha conseguido con ella también lo tiene, al menos durante buena parte del metraje.
La historia sigue a Lucila, una joven de 21 años que viaja a España junto a su hermano pequeño, Diego, para reencontrarse con su madre Isabel. Isabel emigró ocho años atrás buscando un futuro mejor. Lo que Lucila encuentra al llegar no es exactamente un abrazo. Las circunstancias le recuerdan constantemente de dónde viene. La presión familiar, la misoginia y el racismo forman el paisaje diario.
Lo mejor que hace ‘Ceniza en la boca’ es tomarse su tiempo. La película no busca el golpe emocional fácil ni persigue la lágrima a cada escena. Observa. Escucha. Acompaña a Lucila en su día a día, en sus preocupaciones, en esos momentos pequeños que dicen más que cualquier discurso. Hay una delicadeza real en cómo Luna retrata todo esto, una contención que permite que los silencios trabajen tanto como los diálogos. Es fácil conectar con Lucila, empatizar con lo que carga encima y reconocer en su historia algo que trasciende lo particular.
El reparto sostiene esa mirada. Anna Díaz, Adriana Paz, Irene Escolar, Luisa Huertas y Laura Gómez componen un elenco que respira verdad. La fotografía de Damián García refuerza esa voluntad de acercarse a lo cotidiano sin embellecerlo, y la música de Raquel García-Tomas acompaña sin imponerse.
Pero esa misma sensibilidad que hace especial a la película también le pasa factura. Los dos primeros actos, con todo lo que tienen de valioso, se resienten en el ritmo. No es que lo que cuentan carezca de interés. Es que la manera de desarrollar ciertas situaciones se vuelve repetitiva, y esa delicadeza narrativa que funciona en muchos momentos no siempre mantiene la tensión necesaria. Hay tramos en los que la película se estanca.
Y luego llega el tercer acto. Y el problema ya no es el ritmo, sino el tono. El cambio resulta brusco respecto a todo lo que se había construido. La contención desaparece, la transición se siente precipitada y el desenlace pierde parte de la coherencia emocional que la película había logrado establecer. Es el segmento más débil, y duele precisamente porque contrasta con el cuidado del resto.
Producida por La Corriente del Golfo, Animal de Luz Films, Inicia Films y Perro Azul, ‘Ceniza en la boca’ pertenece a ese tipo de cine que intenta comprender antes que señalar. No siempre lo consigue con la misma intensidad. No siempre mantiene el pulso. Pero hay algo en su mirada que se queda contigo después de verla: la certeza de que estás ante una película que respeta profundamente a las personas que retrata, con sus grietas, sus silencios y todo lo que no saben cómo decir.
Eso, hoy, vale más de lo que parece.



