‘NAZA’, el documental más perturbador del año: la guerra contada como un videojuego

Los responsables de ‘No Other Land’ regresan dos años y un Oscar después con un trabajo que hiela la sangre sin necesidad de levantar la voz. ‘NAZA’ es un documental sobre el genocidio palestino que encuentra su horror no en las imágenes de destrucción, sino en la frialdad absoluta de quienes aprietan el gatillo.

Yubal Abraham y Rachel Szor, los dos periodistas israelíes que junto a Bassel Adra y Hamdan Ballal firmaron ‘No Other Land’, se reúnen esta vez en una azotea oscura con varios soldados que participaron en operaciones militares. Sus identidades permanecen en el anonimato. Lo que no permanece oculto es su manera de hablar de lo que hicieron.

No hay remordimiento. Tampoco orgullo. Lo que hay es una indiferencia profesional que revuelve el estómago. Uno de los soldados lo resume con una frase que funciona como un puñetazo: están simplemente jugando un videojuego. Eso son para ellos los objetivos humanos. Puntos en una pantalla.

El título del documental lo explica todo. NAZA es el término que estos militares usan para referirse a las personas inocentes asesinadas sin conexión alguna con Hamás. Civiles eliminados como daño colateral asumido. La inteligencia artificial recopila los datos, señala los objetivos y hace el trabajo moral sucio. Los soldados solo apuntan. Un trabajo remoto, limpio, deshumanizado hasta el último píxel.

Rachel Szor, que además de codirigir ejerce como directora de fotografía, traduce esa digitalización de la muerte con decisiones visuales que se clavan. La ciudad brilla al fondo con sus edificios enormes y sus ventanas encendidas. Una sociedad entera funcionando con normalidad mientras en esa azotea se confiesan crímenes de guerra con el tono de quien comenta una jornada laboral. La comparación con ‘Citizenfour’ y ‘La zona de interés’ que hace la crítica tiene todo el sentido: estamos ante un cruce entre la denuncia periodística y la banalidad del mal filmada en tiempo real.

Lo que hace grande a ‘NAZA’ es precisamente lo que la vuelve insoportable. No hay dramatismo. No hay villanos de película. No hay música que subraye el espanto. Hay tipos corrientes explicando cómo funciona un sistema diseñado para matar sin que nadie tenga que sentirse responsable. Y eso aterra más que cualquier ficción de terror.

El documental trasciende el conflicto palestino-israelí para lanzar una advertencia global sobre el uso de la tecnología y la inteligencia artificial como herramientas de control y deshumanización. Como señalan los propios cineastas, el genocidio nazi del que se huyó hace noventa años se ha sofisticado. Las cámaras de gas han sido sustituidas por algoritmos.

El precio de hacer este trabajo ya se está cobrando. Los dos periodistas israelíes son perseguidos y se enfrentan a la revocación de su ciudadanía. El gobierno de Israel ha respondido publicando en YouTube un documental propagandístico titulado ‘NAZA: The real story’, donde contradicen los testimonios y glorifican a los militares que aparecen en el filme. Que un Estado necesite fabricar una contrapelícula dice más sobre la verdad de ‘NAZA’ que cualquier reseña.

Hay quien dirá que el tramo final rompe el tono gélido que el documental construye con tanta precisión durante todo su metraje. Puede ser. Pero cuando lo que se cuenta es esto, mantener la compostura hasta el último segundo habría sido casi obsceno. ‘NAZA’ es periodismo de trinchera convertido en cine esencial. La película más importante del año no necesita actores, guion ni efectos especiales. Solo una azotea, una cámara y la verdad dicha en voz baja.

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